Para los que observan la fiesta de Shavuot entre nosotros, el punto culminante será el estudio de la Torá durante toda la noche o, en mi caso, el estudio de la Cabalá. Al día siguiente disfrutaremos de Blintzes.

Sus celebraciones son realmente excepcionales, sobre todo si tenemos en cuenta el precepto de consumir alcohol hasta el punto de no poder distinguir entre el malvado Hamán y el justo Mordejay.

En la era de Candy Crush y Pokemon Go, a nadie le interesa conocer todo esto, pero debería interesarnos, porque la dolencia que devastó nuestra nación hace 2.000 años nunca ha sido sanada. Y hoy, como entonces, es la causa de todos nuestros problemas.

Cada año por estas fechas llega un día en el que podemos mostrar con orgullo nuestro apoyo a Israel. En este día, dejamos (o al menos lo intentamos) a un lado nuestras diferencias acerca de nuestra patria judía y celebramos su existencia.

Y es una oportunidad para reflexionar sobre el motivo del permanente odio del mundo hacia Israel y los judíos. Creo que nuestra comprensión de las causas del antisemitismo y la adopción de medidas adecuadas podrán evitar la repetición de otra tragedia así.

Este martes será 9 de Av, fecha de la destrucción del Templo. El Templo simboliza nuestra unidad. Cuando restauremos nuestra unión, no necesitaremos ladrillos para demostrar nuestro lugar es este: Israel.

Cuando en nombre del progresismo se perpetra un asesinato a sangre fría, e incluso es alentado, deberían sonar las alarmas en todo el país. De no controlarlo, el nazismo se instalará en la tierra de la libertad.

¿Qué sucede cuando desaparecen las tiendas y los puestos de trabajo? ¿Qué compraremos y cómo? Por suerte, una emergente industria aportará ingresos y una nueva materia prima que consumir.

Un afligido Abraham empezó a decir a sus conciudadanos que dejaran de lado sus odios y sus egos y se centraran en la conexión y la fraternidad. Les propuso ir por encima de sus odios infames y unirse.

El ego provoca todas las guerras, pero no es un enemigo. Si lo usamos bien y conectamos unos con otros por encima de nuestros egos, comprenderemos el funcionamiento de toda la naturaleza.

Si hay odio aún más enigmático que el antisemitismo es el antisemitismo judío. El odio entre nosotros mismos es un manantial siniestro e imperecedero, y no se secará hasta que encontremos su desencadenante y lo desactivemos.

A principios de los años cincuenta, Ashlag escribe: “No hay esperanzas de que el nazismo desaparezca con la victoria de los aliados porque, el día de mañana, serán los anglosajones quienes adopten el nazismo”. ¿Podría tener razón?

La sociedad estadounidense, por su propio bien, debe ir por encima de las diferencias y construir un puente de unidad. En estos momentos, estoy francamente muy preocupado.

Solo cuando EE.UU. retome la defensa de todos los puntos de vista –y no simplemente todos los colores y religiones– podrá abrir cautelosamente sus puertas a los inmigrantes. En los próximos años, los desafíos globales aumentarán y se intensificarán.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que la clave para el éxito es –como dicen nuestros sabios– “sellar la paz entre los opuestos”, entonces 2017 será el año del nacimiento de una nueva humanidad.

Por definición, un milagro es algo que se supone que no debería suceder según las leyes de la naturaleza. De ese modo, por ejemplo, si al final de los ocho días de Jánuca solo he engordado dos kilos o menos, sin duda puede calificarse como un milagro.

Tolstoi no es el único. Prácticamente no hay persona en el mundo que considere a los judíos gente corriente. No todo el mundo nos odia, pero nadie nos juzga con el mismo rasero de medir que a las otras naciones.