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El tejido social estadounidense está siendo puesto a prueba y el resultado final es aún una incógnita. Y si observamos la cronología de disturbios en los EE.UU. parece evidente que están en una clara tendencia al alza.

No es que no hayan existido conflictos en el pasado. La década entre 1960 y 1970 estuvo llena de actividad en lo que a desobediencia civil se refiere. Sin embargo, parece haber algo más beligerante, más amenazador, en los disturbios que tuvieron lugar recientemente en Baltimore y los ocurridos unos meses atrás en Ferguson, Missouri. El dolor y la frustración expresados en estos lugares –y las protestas en todo el país tras la ausencia de procesamiento judicial por la muerte de Eric Garner– deberían llamar nuestra atención sobre la polarización de la sociedad norteamericana.

El sueño americano se basa en el egocentrismo: todo el mundo se esmera por alcanzar el máximo con sus propios esfuerzos y lucha por llegar a situarse por encima del resto. Pero ¿a qué precio? ¿Cuánta gente hay que pisar para llegar a la cima? Y si alguien llega a lo más alto, ¿cabe esperar que esa persona muestre alguna compasión por los demás? Nuestra sociedad se basa en la autocomplacencia, así que podemos decir que, por defecto, si nuestros líderes hubieran sido compasivos, nunca habrían llegado a serlo: estarían entre aquellos que son pisoteados.

Creo que la paciencia de la gente se está agotando. De no llevar a cabo una urgente transformación social, podríamos asistir al estallido y desmoronamiento de la sociedad americana. No obstante, el cambio solo podrá producirse cuando exista un apoyo colectivo. En una sociedad integral como la norteamericana, donde todas las facciones están estrechamente conectadas y dependen unas de otras, si una de las partes se opone a una propuesta de proceso, ninguna iniciativa tendrá éxito.

Para restituir la paz social, todas las partes deben darse cuenta de que el éxito solo será posible si hay participación de todos. Creer que una parte de la población puede ser explotada y oprimida indefinidamente es algo descabellado. Tarde o temprano, esa parte de la sociedad explotará y se hará oír a través de la violencia. Así ha sucedido siempre, y nada nos hace pensar que la historia no se repetirá: la naturaleza humana sigue siendo la misma. Y, a mi modo de ver, nos encontramos al final de la fase de calma antes de la tormenta.

Dicho de otro modo, es preciso implantar entre nosotros un concepto “muy poco americano”: la solidaridad mutua. No hay unidad militar o equipo deportivo que no sepa que la victoria –ya sea en el campo de batalla o en el terreno de juego– solo es posible cuando mutuamente se cubren las espaldas. Y sin embargo, idolatramos a las estrellas, a los héroes y la gente que forjaron por sí solos su camino hacia la gloria. Rambo es perfecto para Hollywood, pero su estilo de vida no conseguirá que la gente sea feliz. Sin embargo, aquel que fomenta la solidaridad mutua y dedica su vida a conectar a las personas puede hacer feliz a mucha gente; y no solamente durante noventa minutos en una sala de proyección, sino para el resto de sus vidas.

La cultura del “yo, yo y solamente yo” combina bien con el espíritu de nuestra generación; pero la realidad es que estamos viviendo en la era del “nosotros, nosotros, y solamente nosotros”. Si uno se para a pensarlo, no hay ni una sola prenda de las que vestimos, ni un solo artilugio de los que utilizamos, que no provenga prácticamente de todos los rincones del mundo. Incluso nuestros pensamientos están influenciados por personas y circunstancias que se encuentran a miles de kilómetros de nosotros. Esto puede parecer inverosímil, pero pensemos en el número de ciudadanos occidentales que está reclutando el llamado Estado Islámico, y nos daremos cuenta de que Siria realmente no está al otro lado del mar, sino mucho más cerca de nosotros. Mucho más de lo que nos gustaría.

Pero hay maneras de resolver los conflictos. Una de ellas es la Mesa Redonda, un método de debate puesto en práctica por el movimiento Arvut (solidaridad mutua) en Israel. (El nombre no es casual). Este movimiento ha logrado establecer puentes entre los colonos judíos en Cisjordania y sus vecinos árabes. Ha conseguido acercar a partidos enfrentados en pequeñas poblaciones, ha tendido puentes entre judíos ortodoxos y seculares, ha organizado una mesa redonda en la residencia del presidente israelí, e incluso en la Knesset (parlamento israelí) con representantes de todos los partidos. Está claro que, hoy por hoy, no sería tan sencillo organizar tales eventos; pero lo destacable es que, cuando hay voluntad de superar las diferencias, existe un método para lograrlo.

No estoy sugiriendo que la solución a todos los problemas en Estados Unidos sea la Mesa Redonda. Lo que intento decir es que todos –blancos, negros, ricos y necesitados, judíos, cristianos, musulmanes y todas las personas aconfesionales, hombres, mujeres y niños– deberían saber que si, en la tierra de la libertad, no hay bienestar para todos, entonces no habrá acto heroico que sirva para construir un hogar común. Los Estados Unidos de América pueden convertirse en una tierra de infinitas posibilidades para todos, o pueden convertirse en una tierra imposible para la paz.

No es fácil elegir un nuevo paradigma. Es mucho más cómodo seguir con la misma historia de siempre. Pero en estos días, eso se vuelve un lujo. El pueblo estadounidense es un pueblo especial. Es una nación de pioneros a los que nada les atemorizaba, un pueblo que conquistó nuevas fronteras. Ahora se enfrentan a otra más: forjar la unidad entre todas las facciones. Como todas las fronteras, está llena de misterio e incertidumbre. Pero esto también, sin duda, es lo que conlleva toda gran aventura.

Fuente: Michael Laitman