Cuanto más caótico se vuelve el mundo, más se recurre a inventivas que pretenden “resolver” el conflicto en Oriente Próximo. Recientemente, el mundo se ha convertido en un caos tal, que incluso las distintas iniciativas de paz parecen tener una difícil coexistencia.

En este momento, la iniciativa francesa respaldada por la UE es la nueva predilecta del mundo. Sin embargo, hace solo unas semanas era la iniciativa Saudí/Árabe la que resurgió como el ave fénix y captó la atención de los medios. Ahora, en medio de la premura por aprobar la iniciativa francesa (y reprender a los críticos con ella), surge un acuerdo de paz antes de las elecciones, por increíble que parezca, entre Mahmud Abás y el actual líder de la oposición, Yitzhak Herzog, redactado cuando este aspiraba a convertirse en Primer Ministro.

Antes de la Guerra de los Seis Días, la mayor parte del mundo apoyaba la existencia del Estado de Israel, algunos con gran entusiasmo. Ciertos países incluso defendieron nuestra causa durante la Guerra de los Seis Días. El 12 de junio de 1967, dos días después del final de la contienda, la portada de Der Spiegeldecía: “Operación relámpago de Israel”. Evidentemente, todavía cautivados por la milagrosa y abrumadora victoria judía, y en consonancia con la postura favorable de Alemania hacia Israel, el artículo reflexionaba poéticamente sobre el ejército israelí:

“Tiraron como Rommel, ganaron como Patton, y cantaron por todo ello. ‘Este es un ejército que canta. Tus guerreros cantan como el héroe de Hemingway’, se maravillaba el corresponsal de guerra James Reston. En 60 horas, los blindados hijos de Sión rompieron el cerco árabe de Israel. Alejaron a los profetas panárabes de sus sueños de dominación y arrojaron a Nasser de Egipto a las profundidades del Nilo. El Faraón asumió la responsabilidad de la guerra perdida y presentó su dimisión”.

Sin embargo, la Guerra de los Seis Días fue un punto de inflexión. Cinco meses después, el Consejo de Seguridad de la ONU acordó por unanimidad en la famosa Resolución 242 que exigía la retirada de Israel de los territorios que conquistó en 1967. En pocos años, incluso Alemania, que no formaba parte del Consejo de Seguridad en el momento de la votación, empezó a opinar como el resto del mundo y apoyó la resolución.

La fórmula territorios por (ninguna) paz

El “proceso de paz”, nombre que damos a los agotadores esfuerzos para poner fin al conflicto en Oriente Medio, comenzó oficialmente en 1977, cuando el presidente de Egipto, Anwar Sadat, llegó a Israel y un año después volvió a reunirse con el primer ministro Menachem Begin en Camp David. Seis meses más tarde se firmó el tratado de paz. Aunque no se han producido grandes hostilidades entre los dos países desde la firma, cabe preguntarse si realmente ha habido una paz verdadera.

Incluso si consideramos nuestra relación con Egipto como un éxito parcial, el resto de nuestras sinceras tentativas de paz con nuestros vecinos han sido como una broma de mal gusto. Con los años, se han llevado a cabo numerosas cumbres, múltiples reuniones secretas, acuerdos oficiales y extraoficiales, e incluso algunas firmas que no dieron lugar a la paz, sino que dieron lugar a miles de bajas en ambos bandos. Oslo, Madrid, Camp David 2, la iniciativa Saudí, la Hoja de Ruta, Annapolis, el plan de paz de Abás, París, John Kerry: estas denominaciones y lugares son solo una fracción de las tentativas de paz, y las personas que participaron en el desafortunado intento para implementar la fórmula de “territorios por paz” de Sadat.

En este “proceso de paz” hemos cedido territorios –una zona en cada ocasión– pero no hemos obtenido paz. Gaza se ha convertido en una plataforma de lanzamiento de cohetes dirigidos contra civiles israelíes, y Cisjordania se ha convertido en un semillero de jóvenes que empuñan cuchillos y armas para perpetrar mortíferos ataques suicidas en las ciudades israelíes.

Evidentemente, la fórmula de “territorios por paz” no parece el camino a seguir. Los ejercicios inútiles pueden ser una fórmula interesante para los mandatarios extranjeros en un intento de desviar la atención pública de sus problemas domésticos, pero no son más que cortinas de humo. No hay una intención sincera de alcanzar una paz duradera. Y cuando no hay buena fe, cualquier intento de paz resulta un desastre antes incluso de ponerlo en marcha.

La paz comienza en casa

Ser el foco de atención del mundo no es algo nuevo para los judíos. Desde los tiempos bíblicos, nuestro pueblo ha sido culpado de todo lo que está mal en el mundo. Los únicos que no tienen esta postura podemos encontrarlos entre quienes todavía nos ven como el pueblo elegido, quienes creen lo que dice el Nuevo Testamento: “Porque la salvación viene de los judíos”. Pero ni ellos ni nosotros sabemos explicar cómo los judíos pueden traer la salvación, y mucho menos lo que esto significa.

Hay una razón de peso para que todo el mundo se fije en nosotros. La gente está molesta con nosotros yalega lo mismo que el general “Jerry” Boykin: “Los judíos son el problema, los judíos son la causa de todos los problemas en el mundo”. Y lo que conllevan estas declaraciones es que también esperan que los resolvamos.

Podemos resolver sus problemas, pero solamente si enmendamos la raíz de todos los problemas: debemos superar nuestra separación. Cuando nuestros antepasados salieron de Egipto, formaron una nación. Pero lo consiguieron gracias a que se aferraron a una estricta premisa: ser “como un solo hombre con un solo corazón”. Desde el principio, estuvieron imbuidos por una fuerza positiva que los guio en todo lo que hicieron. Pelearon y combatieron, pero durante siglos lograron cubrir sus egos con fraternidad. Sin embargo, hace unos 2.000 años, cayeron en el odio infundado y la consecuencia fue el exilio y, en última instancia, la dispersión.

El método de cubrir todas las transgresiones con amor, como dijo el Rey Salomón (Proverbios 10:12), fue nuestra arma contra la extinción. Nuestra singular unidad, en la que no suprimimos el ego sino que lo cubrimos con amor fraternal, sirvió para impulsar una fraternidad aún mayor. Y nos facilitó un método para mantener una sociedad floreciente, donde nadie era oprimido y todo el mundo era asistido.

Aun hoy los remanentes de esa fuerza se encuentran latentes en cada uno de nosotros. Y por eso, pese a todos los intentos de los poderosos dirigentes, les es imposible acabar con nosotros. Ahora bien, este es también el motivo por el que el mundo nos odia: siente que estamos ocultando el secreto del éxito, un secreto que debemos compartir.

En “Acerca de los judíos”, Mark Twain reflexionaba: “Todas las cosas son perecederas, salvo el judío; todas las demás fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?” Nuestro “secreto” es esa chispa de la fuerza de conexión que una vez cultivamos. El historiador Martin Gilbert escribió que Winston Churchill admiraba a los judíos por su “espíritu de colectivo, el espíritu de su raza y de su fe (…) Esa fuerza personal y especial que poseen les permitiría conferir una vitalidad a sus instituciones que ninguna otra cosa la podría aportar”.

En un mundo donde lo único que nos mueve es el ego, las sociedades se desmoronan; la gente se siente sola, aislada, deprimida. En un intento de dar sentido a todo esto, las personas se dirigen a las zonas marginales de la sociedad y se meten de cabeza en cualquier cosa que les haga sentir que están vivas y conectadas. En un intento de dar un sentido al sufrimiento, la gente cae en los fundamentalismos y convierten el mundo en un lugar hostil e inestable.

Pero el ego solo reina entre los seres humanos. En el conjunto de la naturaleza existe un equilibrio entre las fuerzas positivas y negativas, entre dar y recibir. En la humanidad, la fuerza positiva se encuentra latente, paralizada bajo la tiranía del ensimismamiento. Y sin una fuerza positiva que contrarreste el egoísmo humano, nuestra sociedad se convierte en una pesadilla.

Hasta que no reconstruyamos esa singular unidad nuestra que tanto necesita el mundo de hoy, la humanidad no aceptará nuestra existencia: ni como individuos ni como nación soberana. El proceso de paz debe comenzar en casa, entre nosotros. Todos saldremos ganando cuando nos elevemos por encima de nuestras diferencias y las cubramos con “espíritu de colectivo”.

Liberar el mundo

En el nivel humano, la fuerza positiva que equilibra el ego requiere que haya una decisión por nuestra parte para que podamos desencadenarla. De lo contrario, se queda atrapada en nuestros egos. Incluso si damos a los demás, es casi siempre en un intento de beneficiarnos en última instancia. Sin un deseo de conectar “como un solo hombre con un solo corazón”, la fuerza positiva permanecerá prisionera del ego.

Solamente nosotros, los judíos, hemos desencadenado con anterioridad esta fuerza positiva; y solamente nosotros podemos hacerlo ahora. Depende de lo que decidamos. Cuando liberemos esa fuerza, el equilibrio llegará a toda la humanidad. La gente empezará a sentir que la manera correcta de vivir es con genuina unidad y confraternidad. Tal vez no lleguen a saber que proviene de nosotros pero, del mismo modo que ahora sienten que somos perjudiciales, empezarán a sentir que somos beneficiosos. Es una emoción visceral que no precisa de razón: simplemente lo sabrán.

No necesitaremos ni vallas ni fronteras

Cuando nos unamos y liberemos esa fuerza equilibradora que Churchill detectó instintivamente, la cuestión de nuestro derecho a existir en Israel quedará obsoleta. Nadie va a sentir, y mucho menos expresar, que esta no es nuestra tierra. Nadie hablará de proceso de paz porque no será necesario. Habrá paz.

Cuando cubramos nuestros egos con fraternidad y nos unamos, los árabes, que en realidad son nuestros primos, lo sentirán y se unirán a nuestra fraternidad. Los líderes mundiales no presentarán más “iniciativas de paz” porque no tendrán problemas domésticos que evitar desviando la atención hacia otra parte, y por otro lado no habrá necesidad de ellas.

Alimentar nuestra unidad es el único proceso de paz que necesitamos, y cuanto antes empecemos, más fácil resultará. El mundo solo conocerá la paz cuando nosotros nos congreguemos juntos, en un haz.

Por: Michael Laitman

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