Todos los años, justo antes del día en memoria del Holocausto, suelo preguntarme si las cosas podían haber tomado otro rumbo y, sobre todo, qué va a suceder ahora: vivimos un momento en que vuelve a aflorar el antisemitismo de los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial y el clima político con respecto al estado de Israel se recrudece.

Yo perdí a la mayor parte de mi familia en el Holocausto, como tantos judíos europeos. Nací en el segundo verano después de la guerra, entonces los recuerdos eran todavía demasiado recientes y dolorosos, mi infancia quedó impregnada de la memoria de todos aquellos que habían caído. Lo cierto es que el espectro del Holocausto y el feroz antisemitismo que experimenté durante mi infancia en Bielorrusia provocaron en mí la necesidad de encontrar respuestas.

Cuando se crece bajo una sombra así, es inevitable hacerse preguntas. ¿Por qué nos sucedió esto a los judíos? ¿Qué daño habíamos hecho? ¿Por qué hemos sido perseguidos a lo largo de la historia? ¿Cómo es posible que aún queden judíos cuando hay tantos pueblos, mucho más grandes y poderosos, que han pasado a los anales de la historia? ¿Es cierto lo que dicen los antisemitas de nosotros? ¿Es cierto que somos la causa de todos los males y conflictos y que deseamos adueñarnos del mundo?

Tengo la impresión de que casi todos los judíos han sentido alguna vez el peso de estas preguntas. En mi caso, estas interrogantes eran tan persistentes que me hicieron pasar a la acción en busca de respuestas.

Busqué en la ciencia, la religión, la filosofía, la ontología, y la cabalá. Toda esa búsqueda me enseñó que vivimos en un sistema cerrado cuyos elementos están conectados entre sí –dependen unos de otros– y cuya inexorable evolución viene determinada por unas leyes.

No obstante, también aprendí que, aunque no podemos cambiar el hecho de que nos dirigimos hacia un futuro de interdependencia entre nosotros, sí que podemos elegir de qué modo queremos transitar hacia él: de forma agradable y apacible, o todo lo contrario. Y ni siquiera el Holocausto –el acto más abyecto de genocidio jamás perpetrado– escapa a esa ley. Si alguien decide saltar al vacío desde un edificio de veinte plantas, a menos que tenga algún tipo de paracaídas, inevitablemente acabará muerto. Del mismo modo, desafiar esa ley evolutiva nos conduce al desastre, a menos que aprendamos a usarla como paracaídas. En ese caso, la caída puede ser agradable – con la brisa acariciando nuestro rostro y disfrutando del paisaje en el horizonte– y el aterrizaje puede hacerse de forma suave, segura y placentera.

Esta disyuntiva entre deslizarse con la brisa o acabar estrellado, nos lleva de nuevo al tema del antisemitismo y el Holocausto. Hay un hecho inexorable que es la tendencia del sistema que vivimos hacia una cada vez mayor conectividad y dependencia entre nosotros. Es más fácil separar los elementos de un compuesto químico que deshacer las conexiones ya establecidas entre las distintas partes del mundo: seamos conscientes de ello o no, lo cierto es que todos los seres humanos estamos conectados en todos los niveles de la realidad. Por ende, la única manera de poner paz y orden en nuestras vidas es aprender a trabajar en sincronía, con solidaridad entre nosotros.

Mientras trabajaba en la elaboración de mi tesis, pude averiguar que en nuestro mundo hay aproximadamente 4.000 religiones, sistemas de creencias y paradigmas de pensamiento. Entonces ¿por qué tanta gente culpa a los judíos de todo lo que ocurre? Un reciente sondeo llevado a cabo por la Liga Antidifamación (ADL en inglés), muestra que en todo el mundo hay casi dos mil millones de personas con creencias antisemitas. Sencillamente no tiene sentido. Por otro lado, hace poco encontré un “tweet” escrito por un antisemita que decía: “tú lo llamas ‘antisemitismo’, el resto del mundo lo llama ‘sentido común’”.

Para los antisemitas, lo que tiene sentido es que nosotros, los judíos, somos responsables de su sufrimiento. Y, como aprendí hace tiempo, la razón de ello es que, a pesar del inherente recelo que esto pueda provocarnos, somos el pueblo elegido. Fuimos elegidos para ser una luz para las naciones, pero no entendemos qué quiere decir eso de “luz” y tampoco nos interesa averiguarlo.

Pero la indefectible evolución de nuestro mundo nos obliga a que empecemos a mostrar interés. La antigua sociedad que establecieron los hebreos se basaba en una unidad que no forzosamente implicaba igualdad. Consiguieron utilizar sus egos en beneficio de toda la comunidad, permitiendo de ese modo que cada miembro de la sociedad pudiera desarrollarse plenamente como individuo al tiempo que contribuía al bien común con los rendimientos de su potencial individual. El resultado fue una próspera sociedad hebrea que perduró durante siglos –superando padecimientos y tribulaciones– y que únicamente colapsó cuando se olvidaron de cumplir los principios que facilitaron que los egos se emplearan en pro del bien común.

Desde la desaparición de esa sociedad, nuestro egocentrismo ha crecido de forma desmedida, está desbocado. El plan original no era que los hebreos usaran para su propio disfrute las habilidades que permiten establecer una sociedad así. La idea era compartir esto con toda la humanidad, que todo el mundo pudiera disfrutar de los beneficios de una sociedad así. Eso es lo que significa ser una luz para las naciones: ser el paradigma de la unión por encima del egoísmo, alcanzando así la realización personal junto con la prosperidad social.

Y esta combinación es lo que hoy el mundo reclama tan desesperadamente. Aunque no seamos conscientes de ello, al no proporcionar al mundo esta valiosa sabiduría, se nos acusa de causar conflictos. Instintivamente, el mundo intuye que no les estamos proporcionando la llave de la felicidad, la llave que conduce a su bienestar personal y social. Y por eso, mientras nosotros interpretamos el antisemitismo como un odio ignorante y sin fundamento, para ellos es de sentido común odiarnos, como expresaba ese antisemita en Twitter.

Es obvio que la tregua que se nos ha dado tras el Holocausto está llegando a su fin. La tarea que recae sobre nosotros sigue estando vigente, como siempre. Puede que no nos guste, pero no podemos huir de ella dado el progreso imparable de nuestra realidad hacia una mayor interconexión y la creciente urgencia de encontrar una forma de revertir su impacto negativo en nuestra sociedad. Cuanto más atrapadas se sientan las personas, más perdidas se sentirán y más culparán a los judíos. Es inevitable, porque somos los únicos que pueden proporcionar un método viable para salir de todo ello y, de manera inconsciente, lo sienten. De modo que la única manera de lidiar contra el antisemitismo es reaprender el método que promueve la solidaridad entre nosotros e implementarlo a nivel social: convertirnos en un modelo que todo el mundo pueda seguir si lo desea.

Soy consciente de que estas opiniones no serán muy populares ni bien recibidas, pero es una salida eficaz para el problema al que nos enfrentamos. Si no ponemos en práctica este método, los extremismos de todo tipo se agudizarán y el colapso de la sociedad será una cuestión de tiempo. Y al final, con todo lo que ello conlleva, nos pedirán cuentas a los judíos.

No podemos permitir que esto suceda de nuevo. “Nunca más” significa –o debería significar– decirle a las naciones que nunca más dejaremos pasar una oportunidad para salvar a nuestra sociedad de los ataques de odio y animosidad. Nosotros, la nación torturada, considerada por muchos –de manera justificada o no- como arrogante, debemos agachar la cabeza, unirnos y mostrar al mundo que es posible. Si nosotros –a quienes la Torá describe como tercos y testarudos (Ex, 32:9)– podemos hacerlo, cualquiera podrá hacerlo.

Fuente: Michael Laitman

Profesor de ontología, Doctor en filosofía y cabalá y Licenciado en biocibernética médica. Fundador y presidente del instituto ARI. Imparte diariamente lecciones de Cabalá a una audiencia aproximada de 2 millones de personas de todo el mundo, con traducción simultánea a distintos idiomas, entre ellos: inglés, alemán, italiano, ruso, francés, turco y castellano. Al día de hoy se han publicado más de 40 libros, traducidos a 35 idiomas. Entre sus obras se encuentran: “Como un manojo de cañas”, “La guía para el nuevo mundo” y “La psicología de la sociedad integral” entre muchos más.