(Miriam Alster/Flash90) (Miriam Alster/Flash90)
French Aliyah

Cada año, cuando la (generalmente ampliada) familia judía se reúne alrededor de la mesa de Rosh Hashaná, el encuentro se impregna de una animada charla. Sin embargo, a menudo, la tranquila plática se transforma en el deporte nacional: “El juego de las acusaciones”. Así que este año, si discutimos, al menos que sea acerca de una cuestión tremendamente polémica: la unidad. O más exactamente: la unidad del pueblo judío.

Pero, en cualquier caso, ¿qué es la unidad y quién la necesita? La unidad es un sentimiento de pertenencia, de preocupación y solidaridad mutua. Es cuidar de otra persona de una forma tan intensa que sus deseos se convierten en los tuyos también. La unidad es lo que una siente una verdadera familia. ¿Hay alguien que no quiera algo así?

No obstante, ¿por qué debemos unirnos con gente que no nos gusta? ¿No podemos tener todo lo que queramos sin tener que unirnos con extraños? A un nivel material, seguramente podríamos tener casi todo lo que deseemos. Pero si los bienes materiales nos hicieran felices, nuestra opulenta sociedad occidental no se encontraría plagada de depresión, agresión, evasión y narcisismo. Las interconexiones positivas es el ingrediente que falta para que haya felicidad en nuestras vidas. Si nos deshiciéramos de la sospecha, la alienación y el odio en nuestras vidas y en su lugar depositáramos la confianza, la cercanía y la cooperación, ¿podríamos sentirnos desdichados?

De hecho, cuando llegamos a la raíz de todos nuestros problemas, descubrimos que la causa originaria de todos los sufrimientos es la propia naturaleza humana. Si reparamos esto, lo habremos reparado todo.

Nuestros (ancestrales) padres y madres ya lo sabían

Abraham fue el primero en darse cuenta de que el ego es el origen de nuestros problemas. El Midrash (Bereshit Rabá) nos dice que cuando Abraham se dio cuenta de que sus conciudadanos empezaban a centrarse en sí mismos y alienarse unos de otros, él y Sara abrieron su carpa a todo el mundo para enseñar acerca de la misericordia y la camaradería.

Después de que Nimrod expulsara a Abraham de Babilonia por difundir sus ideas de unidad, este comenzó a vagar con su comitiva hacia Canaán y por el camino fue recogiendo a todo aquel que valoraba la idea de unidad.

Este fue el núcleo del pueblo de Israel. Resulta que nuestros antepasados fueron un fenómeno sinigual: formaron una nación que no se basaba en una cultura o una lengua común ni tampoco en un parentesco biológico, sino en la idea compartida de que la unidad es la clave de nuestra felicidad.

Al salir de Egipto, Moisés llevó nuestra unidad a un nuevo nivel cuando prometimos ser “como un solo hombre con un solo corazón”. Solamente después de comprometernos con este principio nos convertimos “oficialmente” en una nación.

Al igual que Abraham, Moisés no pretendía mantener la unidad como algo exclusivamente para los judíos. El Ramjal escribe (El Comentario de Ramjal sobre la Torá) que “Moisés deseaba completar la corrección del mundo en ese momento, pero no tuvo éxito debido a las corrupciones que se produjeron a lo largo del camino”.

Por consiguiente, en lugar de la corrección completa, Moisés nos dejó como legado una misión: ser “una luz para las naciones” transmitiendo la unidad a todo aquel que no pudo recibirla a través de Abraham o Moisés.

La lucha por el amor

No resultó fácil pero nuestros antepasados hicieron grandes esfuerzos por mantener su unidad. También ellos experimentaron estallidos de egoísmo, pero aprendieron a fortalecer su vínculo equilibrando el ego con el amor a los demás.

El Libro del Zóhar (Ajarey Mot) describe el intenso odio que experimentaron los primeros judíos y cómo no se desviaron de la meta final: llevar al mundo entero a la unidad y el amor a los demás. “‘He aquí, cuán bueno y delicioso es que los hermanos se sienten también juntos’. Los amigos, mientras se sientan juntos, al principio parecen como hombres en guerra, con deseo de matarse unos a otros. Luego, vuelven a estar en amor fraternal. (…) Y vosotros, los amigos que estáis aquí, tal como estabais antes, en amor y afecto, a partir de ahora ya no os separaréis (…) Y por vuestro mérito habrá paz en el mundo”.

El comienzo del odio a los judíos

Hace aproximadamente dos milenios no logramos pasar de desear matarnos unos a otros –como refleja el extracto del Zóharmás arriba– a amarnos como hermanos. Y estalló entre nosotros un intenso odio que provocó nuestro exilio. Y lo que fue peor aún: sin amor entre nosotros, sin unidad, nos volvimos incapaces de ser una luz para las naciones. Con nuestro odio, cerramos la puerta a la felicidad del mundo.

La sociedad occidental de hoy está compuesta, esencialmente, por los descendientes de aquellos babilonios que Abraham y Moisés intentaron unir. Sin nuestra unidad, ¿quién les mostrará el camino?

Cuando nosotros, designados para liderar el camino hacia la cohesión, caímos en el odio sin razón, las naciones del mundo –inconscientemente– comenzaron a culparnos de sus problemas. No logran formular la naturaleza de nuestra culpa, y por eso nos acusan de todos los problemas que padecen. Al mismo tiempo, nosotros, la nación que una vez consideró “Ama a tu prójimo como a ti mismo” como el compendio de toda nuestra ley, hemos abandonado nuestra unidad, olvidado nuestra tarea, y no logramos entender la ira que las naciones sienten hacia nosotros. Así comenzó lo que hoy denominamos antisemitismo.

Cuanto mayor es el ego, mayor es su odio

El ego humano se intensifica con cada generación que pasa, provocando que busquemos hundirnos unos a otros con más ímpetu y con más saña. Sin un antídoto para nuestra creciente maldad, acabaremos destruyendo el planeta y a nosotros mismos.

El ego se intensifica en oleadas que se apoderan del mundo y luego amainan dando un receso a la humanidad para la introspección y la corrección. La ola más reciente tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora, de nuevo nos acercamos a otra ola; y como siempre, la ira recaerá sobre los judíos en primer lugar. Si observamos el mundo que nos rodea, no es difícil concluir que los egos son más nefastos que nunca, y por ende es de esperar que la próxima tanda de odio a los judíos sea proporcionalmente más siniestra.

De vuelta a lo básico

A pesar de todo lo anterior, podemos invertir esa nefasta tendencia volviendo a los fundamentos de nuestra tribu. No importa que las naciones desconozcan que lo que necesitan de nosotros es la unidad o que hemos olvidado sus bondades. Lo único que tenemos que hacer es recordar que “El odio despierta contiendas y el amor cubre todas las transgresiones” (Proverbios 10:12).

El amor fraternal despertará entre nosotros en cuanto lo activemos con nuestros esfuerzos. Seguidamente, volveremos a ser “una luz para las naciones” y el mundo empezará a cambiar su actitud hacia nosotros. Por eso, está escrito: “La primera defensa contra la calamidad es el amor y la unidad. Cuando hay amor, unidad y amistad mutua  en Israel, ninguna calamidad puede sobrevenirles” (Maor VaShemesh).

Con la esperanza de salvar a sus hermanos en Polonia antes del Holocausto, el Rav Yehuda Ashlag escribió: “La nación de Israel fue establecida como un conducto a través del cual puedan fluir las chispas de purificación a toda la raza humana, por todo el mundo”. En ese momento, su clamor no fue escuchado. No podemos permitir que esto suceda de nuevo.

Dejemos el juego de las acusaciones

Este año, arrojemos de una vez por la ventana “el juego de las acusaciones”. Rosh Hashaná no es solo el comienzo de un nuevo año: también es Rosh Hashinuy (el comienzo del cambio). El odio del mundo hacia nosotros hace que se vigile cada uno de nuestros movimientos. Esta situación podemos usarla en nuestro beneficio y en beneficio del mundo. Unámonos y demostremos que podemos “cubrir nuestros crímenes con amor”. Preparemos el camino para la paz haciendo las paces entre nosotros. Seamos en este año “una luz para las naciones” por primera vez en la historia moderna. Y hagamos que este sea el año del cambio. *

Jag sameaj

Feliz año nuevo

Por: Michael Laitman, colaborador de Unidos con Israel

* En Israel y en todo el mundo, muchas organizaciones y movimientos se han propuesto contribuir a la unificación del pueblo judío. El movimiento Arvut (garantía mutua), por ejemplo, lleva a cabo numerosas actividades cada semana: desde círculos de conexión en el paseo marítimo de Tel Aviv a debates sobre educación integral en centros penitenciarios. Asimismo, también se han organizado mesas redondas por todo el mundo para promover el valor de la unidad. Nueva York y San Francisco (EE.UU.), Toronto (Canadá), Frankfurt y Núrenberg (Alemania), Roma (Italia), Barcelona (España), San Petersburgo y Perm (Rusia), son solo algunos de los muchos lugares donde se han llevado a cabo estas actividades de unidad, y con tanto éxito como en Israel.