Todos luchamos con la envidia. Durante años traté de refrenar esa insidiosa sensación de querer lo que tienen los demás o de estar en su situación. En esencia, uno tiene que aprender a ser feliz con lo que es y con lo que tiene. Y si no lo está, entonces uno tiene que aprender a aceptar las cosas tal como son o hacer algo para cambiar la situación. Sentir envidia no es una opción, porque la Torá nos advierte: “Los celos sacan a la persona de este mundo”.

Nadie me enseñó más del dolor de la envidia que una clienta que por desgracia era objeto de envidia por parte de su propia familia. La voy a llamar “Susana”.

Susana tuvo una infancia muy violenta. Sus padres la descuidaron emocionalmente y a veces eran violentos con ella. La familia tuvo que mudarse varias veces debido a que su padre trataba de encontrar algún lugar en el que pudiera conseguir un trabajo estable. Su madre era una persona narcisista que exigía que los hijos la trataran como a una reina. Susana y todos sus hermanos fueron desarrollando comportamientos autodestructivos pero a la edad de veinte años, Susana empezó al programa de doce pasos y empezó a hacer terapia. Finalmente se graduó de enfermera. Ahora está felizmente casada y tiene dos hijos pequeños. Hace gimnasia y cuida su peso.

Sus hermanos y hermanas la molestan diciéndole que su casa siempre está tan limpia, y se burlan de sus hábitos de alimentación sana y la llaman “snob” debido a que no quiere juntarse con ellos en las comidas familiares en las que solamente hablan mal de los demás.

La acusan de estar obsesionada con su aspecto físico y le dicen que sus hijos son unos malcriados. Tampoco se llevan bien con su marido.

Si les suena a envidia, llámenlo por su nombre.

Y aun así, a pesar de que mi clienta no disfruta estando con su familia, sí añora la cercanía que compartía antes con sus hermanos.

A veces el éxito implica soledad. Sin una familia que te apoye, los logros parecen menos placenteros. Junto con alcanzar un objetivo está el deseo natural de que nos alaben aquellos que están más cerca de nosotros, aquellos cuya aprobación y orgullo lo es todo para nosotros.

Vieron esos programas de competición de talentos, en los se ven a las familias de los participantes dándoles aliento? Uno siente que el corazón de toda la familia late junto a ellos. Su esperanza es palpable. Y si la familia no estuviera con ellos, el hecho de ganar no sería tan intenso ni tan gratificante.

Mi clienta trabajó durante años para ser emocionalmente sana, para formar una familia, para tener una carrera y llevar una vida llena de sentido. Se hizo de un buen nombre y disfruta de las amistades verdaderas.

Pero la admiración que realmente anhela es la de sus padres y hermanos, quienes prefieren sentirse menoscabados por todo lo que ella ha logrado. Es muy triste, porque ellos son precisamente los que podrían entender todo lo que ella ha superado.

La envidia destruye las relaciones. Contamina el amor y corrompe la lealtad.

¿Cómo vamos a resentir a nuestros hermanos por la felicidad que Hashem les concedió, y que por lo general es una recompensa a su gran esfuerzo? Todos tienen un lado oscuro en sus vidas. ¿Acaso no deberíamos alegrarnos de que también tienen poco de brillo de sol?

Nunca olvidaré que cuando me hice religiosa, aprendí el tema de la divina providencia, que nadie puede tocar lo que le está destinado al otro.

Por ese entonces, yo vivía con otras once jóvenes en el departamento de estudiantes, pero era divertido porque todas soñábamos con casarnos y formar nuestros propios hogares. Al provenir de la sociedad secular, en la que todos compiten, sentimos bastante alivio al saber que cada una de nosotras se iba a casar con el hombre que tenía que casarse. No importaba quién era más linda, o más inteligente, o más divertida. No era una carrera ni un concurso de belleza. Podíamos ser buenas amigas y no teníamos que superarnos la una a la otra para poder conseguir los “mejores” hombres. Nuestras maestras nos enseñaron que Hashem te envía a la persona que mejor se adapta a tus necesidades cuando Él así lo decide. Y mientras tanto, estábamos allí, para estudiar Torá, mejorar nuestro carácter y hacer tefilá.

Mis celos no desaparecieron automáticamente. Cuando alguien más joven que yo se comprometía, me era difícil. Pero como sabía que está mal sentir envidia y que Hashem es el que dirige el mundo, me era más fácil sentirme alegre por ella y más fácil no sentir lástima de mí misma.

Tengo una amiga cuya boda casi fue arruinada por la envidia de su hermana mayor, que se puso a llorar durante la jupá y se quedó sentada con cara de piedra toda la semana de las sheva brajot. La hermana mayor se casó un año más tarde pero jamás pudo revertir el daño que produjo su actitud egoísta en la simjá de su hermana.

Muchas veces no nos damos cuenta de lo dolorosa que es la envidia para los demás. Estamos demasiado ocupados con nuestro propio dolor pero yo les puedo decir de primera mano lo mucho que duele.

Hace muchos años, conseguí un empleo en un centro de rehabilitación para drogadictos. Una amiga mía quería obtener ese mismo puesto. Nos entrevistaron a las dos y me lo dieron a mí. Mi amiga se puso furiosa y me dijo que ella necesitaba el trabajo muchísimo más que yo. Y se molestó conmigo, de que yo me hubiera presentado, porque al principio yo no estaba tan segura de querer conseguir este trabajo. Y me dijo con lágrimas cuánto quería este trabajo.

Yo me sentí tan mal que no acepté el trabajo y les dije que la tomaran a ella. Así lo hicieron y ella duró un solo día, porque no estaba capacitada. Al final ella vino a verme a pedirme perdón. Yo la perdoné y las dos aprendimos una gran lección.

Si dejamos a Dios afuera de la imagen, nos complicamos la vida. Si yo hubiera tenido más emuná, no me habría sentido culpable de haber conseguido el trabajo y si ella hubiera tenido más emuná, se habría dado cuenta de que el trabajo no era para ella. Al final, salimos las dos perdiendo.

Hagamos un esfuerzo por ser felices el uno por el otro, y sintámonos alegres cuando el otro obtuvo algún logro o recibió muchas bendiciones. Tratemos de entender realmente que lo que la otra persona consiguió es porque lo necesita y que si yo necesito algo similar, también lo voy a recibir, en el momento indicado.

Fuente: Breslev en Español

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