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Temple Mount

Por Mitchell Bard

Pese a las reacciones histéricas registradas en todo el mundo, la decisión del presidente Trump de ignorar a los críticos y reconocer a Jerusalén como capital de Israel es quizá la contribución más importante a las perspectivas para la paz entre israelíes y palestinos que cualquier presidente estadounidense pudiese hacer. Como bien dijo, Trump ha roto con las políticas fracasadas del pasado; y muchos de sus principales críticos fueron responsables de esos fracasos.

Es un misterio que haya gente que preste atención a los lamentos del establishment de la política exterior, especialmente cuando proceden de antiguos miembros del Departamento de Estado, con su historial de fracasos regionales de casi 70 años. Se han equivocado de forma tan sistemática en sus valoraciones sobre la región y en sus enfoques sobre la paz, que los medios son unos irresponsables por dar crédito a sus opiniones.

Escuchamos todo el tiempo que, ahora, el proceso de paz está muerto; como si hubiese estado vivo antes del anuncio de Trump. Para los que estuvieron dormidos durante el mandato de Barack Obama, aquí va un recordatorio: el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, se ha negado a negociar en los últimos ocho años. Y eso a pesar de que Obama ha sido tal vez el presidente más propalestino de la historia, de que se convenció a Israel para que paralizara la construcción en los asentamientos durante diez meses y de que sólo se ejerció presión sobre Israel.

El mayor obstáculo para la paz es que durante ochenta años los líderes palestinos se han negado a hacer cualquier concesión que suponga reconocer la existencia de un Estado judío en Oriente Medio. Jerusalén pinta poco en su irredentismo. Para ellos es simplemente inconcebible que exista un Estado judío en el corazón del mundo islámico, o que los judíos puedan gobernar a musulmanes. Nunca han ocultado que, para ellos, la creación de un Estado palestino basado en las líneas del armisticio de 1949, con Jerusalén como capital, no es nada más que la primera fase de una estrategia a largo plazo para destruir a Israel. Hamás lo dice explícitamente, Mientras que Fatah –liderada por Abás– lo expresa simbólicamente en su emblema y en los mapas de la Autoridad Palestina y de su sistema educativo, donde el Estado palestino abarca todo lo que hoy es Israel.

El motivo de que el reconocimiento de Jerusalén pueda hacer cambiar la dinámica es que se trata de un paso necesario para desengañar a los palestinos de que van a poder establecer su capital en Jerusalén y dividir la ciudad. Israel nunca va a renunciar a su capital histórica, o al control de los lugares más sagrados del judaísmo. Hasta que no le entre bien en la cabeza a los palestinos, no hay ninguna posibilidad de que se llegue a un acuerdo de paz.

La incómoda verdad que los palestinos y sus defensores se niegan a reconocer es que no tienen reclamo alguno sobre Jerusalén. Sólo exigen establecer su capital en la ciudad por el capricho infantil de quedarse con algo que quieren, con algo que pertenece a otro. Jerusalén nunca ha sido  capital de un Estado árabe; de hecho, durante el dominio musulmán fue un erial. En cambio, la conexión judía con Jerusalén se remonta a 3.000 años. Los judíos anhelaban volver a su capital y rezaron por ello durante siglos; y son la mayoría de la población desde finales del siglo XIX.

El hecho de que Jerusalén sea un lugar de reverencia musulmana no soporta la reivindicación palestina. Mientras que toda la ciudad es sagrada para el pueblo judío, sólo la mezquita de Al Aqsa tiene relevancia religiosa para el islam. La mayoría de los palestinos son musulmanes, pero eso no les da ningún derecho legal, moral o histórico a la soberanía sobre Jerusalén, y no les conecta más con la ciudad que a los demás musulmanes.

La única razón para dar vueltas a la idea de una presencia palestina en Jerusalén es básicamenterendirse al chantaje: si Israel no acepta las demandas palestinas, habrá violencia. Es el argumento que frenó durante tanto tiempo el reconocimiento estadounidense de Jerusalén: el temor a los disturbios. Pero finalmente Trump tuvo el coraje de declarar que la política estadounidense ya no será rehén de las amenazas de los terroristas.

La extorsión sólo funciona hasta cierto punto con Israel. Como los israelíes no quieren un conflicto eterno con los palestinos, están dispuestos a hacer concesiones sobre Jerusalén, pero no a dividir la ciudad o a renunciar al control de las zonas que más les importan. El presidente apoyó su posición. Sin embargo, en vez de descartar cualquier acuerdo, la nueva posición estadounidense sobre Jerusalén obliga a los palestinos interesados en la paz a moderar sus puntos de vista.

En realidad, no tienen que hacer un cambio radical: sólo tienen que volver a un plan que ya avaló Abás en unas conversaciones con Yosi Beilin, del Partido Laborista israelí. Su idea era establecer la capital de Palestina en la parte de Jerusalén conocida como Abu Dis. Poca gente lo sabe, pero los palestinos estaban tan dispuestos a aceptar esta solución que construyeron un Parlamento en el lugar.

Como Abu Dis se encuentra en los límites de la ciudad, los palestinos podrían decir sin mentir que su capital está en Jerusalén. E Israel podría decir que su capital está en Jerusalén y mantener el control sobre las partes de la ciudad que albergan los lugares sagrados del judaísmo y sus instituciones de gobierno. Todos los lugares sagrados no judíos seguirían siendo accesibles a todo el mundo. Los palestinos tendrían que renunciar al sueño de ondear su bandera en el Monte del Templo, e Israel tendría que aceptar una presencia palestina en una ciudad que preferirían no dividir. Peor aún: la capital, los mayores núcleos de población y el aeropuerto internacional de Israel estarían al alcance de los misiles de los terroristas de la Margen Occidental.

Esta no es una solución perfecta, pero así son los compromisos que se asumen para alcanzar acuerdos.

El reconocimiento de Jerusalén era un paso necesario, pero no suficiente, para desengañar a los palestinos. Trump debería dar el paso adicional de formalizar la postura expresada por George W. Bush en su carta a Ariel Sharón del 14 de abril de 2004:

A la luz de las nuevas realidades sobre el terreno, que comprenden grandes núcleos israelíes de población, sería poco realista esperar que el resultado de las negociaciones sobre el estatus final sea una vuelta total y completa a las líneas del armisticio de 1949.

Cuando el presidente Obama rechazó los términos de esa carta no sólo dañó las relaciones con Israel, también reforzó los delirios palestinos y contribuyó a asegurar el fracaso de sus iniciativas de paz. Al reafirmar la declaración de Bush, Trump puede neutralizar las expectativas de que Estados Unidos, la ONU, la UE u otra entidad foránea vayan a obligar a Israel a retirarse a las mal llamadas fronteras anteriores a 1967.

Como ocurre con el reconocimiento de Jerusalén, decir que la paz debe tener en cuenta que las realidades demográficas de la Margen Occidental han cambiado es afirmar lo evidente. Israel no va a evacuar Jerusalén, y tampoco va a desmantelar los grandes bloques de asentamientos, que albergan a decenas de miles de judíos. Sin embargo, es importante hacer saber a los palestinos y a la comunidad internacional que Estados Unidos no tiene la menor intención de obligar a Israel –o de permitir que otros lo coaccionen– a retirarse de Gush Etzion, Maale Adumim y otras grandes comunidades judías. Al mismo tiempo, es razonable que Trump verbalice sus expectativas de que Israel esté dispuesto a asumir riesgos por la paz y a hacer concesiones territoriales a cambio de seguridad y unas fronteras defendibles más allá de la línea de armisticio.

En vista de su largo historial de rechazo de la paz, o de cualquier cosa parecida a una cesión, no hay muchos motivos para esperar que los palestinos vayan a aceptar la realidad. Pero la esperanza es que, con el tiempo, el pueblo palestino se canse de la retórica vacía de sus líderes y la violencia contraproducente que instigan. Con la ayuda del presidente Trump, puede que abandonen sus objetivos ilusorios. Sólo entonces será posible la paz.

Entre tanto, Trump debe estar vigilante para que los burócratas que lo critican no saboteen su iniciativa. Debería igualmente presionar a nuestros aliados para que se adhieran al reconocimiento de Jerusalén y trasladen sus embajadas: si están de verdad interesados en evitar la violencia y promover la paz, seguirán la iniciativa de Trump, en vez de dar a los palestinos la falsa esperanza de que la comunidad internacional apoyará sus demandas irracionales.

Por Mitchell Bard

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio

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