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World on fire

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En las últimas tres décadas hemos visto al mundo ir de mal en peor. El comunismo soviético se ha desintegrado, el sueño americano se ha evaporado, la Unión Europea, constituida solamente en 1993, ya se está desmoronando, y el sistema económico sobre el que el Fondo Monetario Internacional (FMI) basó su estrategia financiera a nivel mundial ahora se revela esencialmente erróneo.

Occidente se ha vuelto tan superficial que las modas como Pokemon Go apresan de un día para otro las mentes y los ojos de millones de personas, hasta el punto de –literalmente– desatender por completo todo lo que les rodea. Sus cabezas están tan absortas en las pantallas de sus teléfonos que pisan serpientes venenosas, son golpeados por automóviles al cruzar la calle sin prestar atención, chocan con vehículos policiales por jugar mientras conducen, y caen al vacío por acantilados.

La decadencia de occidente hace que la fogosa vitalidad del Islam radical resulte atractiva para millones de jóvenes, tanto musulmanes como no musulmanes. Lejos de ser un elemento disuasorio, su carácter violento les resulta atrayente: les da un sentido a su existencia, algo que occidente no ha logrado durante décadas. En los próximos años, el Islam radical continuará extendiéndose, apoderándose de Egipto, Turquía y de lo que quede de Europa, y extendiéndose por todos los EE.UU. En definitiva: debemos llevar a que revisen el mundo al taller de reparación más cercano.

Hallar la raíz del problema

Si comparamos ese frenético desbarajuste al que denominamos sociedad humana con el orden estructurado de la naturaleza y su equilibrio, es inevitable preguntarse por qué nosotros, el culmen de la creación, estamos arruinando así nuestras vidas. Somos tan sobresalientes en estropear las cosas mientras tratamos de mejorarlas, que estamos devastando todo el planeta.

El problema es que mientras la naturaleza avanza con dos piernas, nosotros estamos saltando sobre una sola. La naturaleza tiene dos extremidades: dar y recibir. Ambas son fuerzas que se equilibran entre sí dando lugar a una existencia armoniosa. Cuando el dar está a la par con el recibir, cada elemento del entorno recibe exactamente lo que necesita para su supervivencia, y a la vez su propia existencia mantiene la salud del ecosistema circundante. Para mantener el equilibrio, la naturaleza ha “instalado” un mecanismo que permite a cada animal consumir solamente lo que necesita para su supervivencia. Este consumo equilibrado da lugar a un entorno sostenible.

Los seres humanos son la única excepción en el equilibrio de la naturaleza. Es como si naciéramos minusválidos: desprovistos de la “pierna que da”. Desde el primer momento, lo único que queremos es tener más y más, y cada vez más. En las últimas décadas, este rasgo exclusivamente humano ha sido ferozmente explotado por el capitalismo, hasta el punto de llegar a medir la felicidad por nuestra capacidad de consumir. Hemos convertido el adquirir en una cultura y consideramos el consumo excesivo un indicador de éxito económico.

En realidad, es justo al contrario: el consumo excesivo conduce al colapso económico, a la infelicidad, a la desigualdad social y la inestabilidad. Ahora que empezamos a darnos cuenta de los espejismos del capitalismo, descubrimos que hemos empujado al mundo al borde del colapso y sin esperanza de un futuro mejor para nuestros hijos. ¿Cómo hemos podido llegar a esto?

Lo que los humanos pueden hacer (y ninguna otra criatura puede)

Debido a que nacemos únicamente con la pierna de la recepción, no tenemos una fuerza que nos equilibre para decirnos cuándo parar. Peor aún: a diferencia de cualquier otro animal, nuestro deseo de recibir es cada vez mayor. Nuestros sabios dijeron que uno que tiene cien quiere doscientos, y uno que tiene doscientos quiere cuatrocientos, de tal manera que uno muere sin la mitad de sus deseos en su mano.

Sin embargo, precisamente gracias a que nuestro deseo de recibir está en constante crecimiento, nuestro desarrollo no se detiene. No obstante, nos falta la fuerza de dar, algo crucial para equilibrar nuestro recibir. Y hemos estado tan inmersos en cultivar nuestro deseo de recibir que lo hemos convertido en un egoísmo narcisista. Tenemos que empezar a desarrollar la otra pierna –aquella que da– para que podamos avanzar hacia delante con seguridad.

Esta capacidad de desarrollarse gracias al creciente egoísmo es un rasgo exclusivamente humano. Pero precisamente porque el egoísmo está en constante evolución, no logramos equilibrarlo con la fuerza de dar. Así que aquello que la naturaleza no nos ha dado, debemos crearlo nosotros mismos. De lo contrario, como generadores de ego que somos, acabaremos aniquilados; ya sea por una nueva guerra mundial o por medio de una serie de desastres “naturales” provocados por el hombre, los cuales ya se están manifestando por el desequilibrio que hemos introducido en la ecología.

¿Quién tiene la llave?

El rey Salomón dijo: “El odio despierta contiendas, y el amor cubre todas las transgresiones” (Proverbios, 10:12). En el pasado, nosotros, los judíos, hallamos la manera de equilibrar nuestro egoísmo con esa pierna que da. Abraham transmitió ese método a sus estudiantes y a sus hijos, y estos seguirían desarrollándolo hasta que establecieron una nación bajo el lema de “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Luchando contra sus propios egos, perfeccionaron el método; lo fueron ajustando a los retos que sus egos les iban presentando. Pero hace dos mil años sucumbieron a sus egos, y el método que cubría los crímenes con amor cayó en el olvido.

No obstante, nosotros, los judíos, en nuestro interior todavía conservamos una reminiscencia de nuestra conexión en el pasado. En cada uno de nosotros existe la sensibilidad enraizada de que la conexión es lo que nos permite tener éxito. En nuestros días, a medida que el mundo empieza a descubrir que todos estamos conectados, también busca la forma de beneficiarse de ello. Todo el mundo entiende que si cojeamos de la pierna que recibe, no es posible sobrevivir. Pero debemos agregar la pierna que da para que todos podamos movernos con seguridad hacia adelante. Sin embargo, nadie sabe cómo hacer esto.

La sabiduría de equilibrar el dar y el recibir –de cubrir el ego con amor– solamente le fue dada a los judíos, como un anticipo para luego transmitirlo a las naciones. Esta sabiduría es la “luz” que estamos destinados a ser para las naciones. Mientras sigamos privando al mundo de este equilibrio, estaremos sumiéndolo en la oscuridad. Y el mundo seguirá volcando su ira contra nosotros.

No debemos engañarnos pensando que el mundo está enfadado con el estado de Israel por su política con los palestinos: esto no es más que un pretexto para descargar la ira de las naciones hacia los judíos en general. Y The Observer lo recoge con las palabras de profesora Leila Beckwith: “En lugar de boicotear a Israel, los antisionistas están ahora boicoteando a los estudiantes judíos”.

Cuanto más conectado se vuelve nuestro mundo, mayor es la necesidad de hallar cómo equilibrar nuestro egoísmo. Todos los problemas mencionados al comienzo de este artículo provienen de nuestro ego, de nuestro odio mutuo. Por eso, todos ellos serán resueltos cuando aprendemos a cubrirlos –o al menos a equilibrarlos– con el amor a los demás.

Hoy, los judíos debemos reavivar el recuerdo de nuestra conexión en el pasado y convertirnos en un ejemplo de unidad. No tenemos que enseñar ni predicar la unidad: simplemente tenemos que practicarla yendo por encima del odio mutuo entre nosotros. Otros pueblos lo observarán y seguirán el ejemplo.

Las enormes capacidades que hemos desarrollado por medio de nuestros crecientes egos solo nos pueden beneficiar si las empleamos en favor de la humanidad. Pero para ello debemos aprender a cuidar unos de otros. Hoy en día el mundo no nos apreciará por nuestras innovaciones científicas; necesita que le proporcionemos un nuevo nivel de existencia: corregida, conectada, unida bajo la insignia del amor. Seguimos preguntándonos por qué el mundo nos odia: deberíamos saber que nos odia sencillamente porque nosotros nos odiamos unos a otros.

Por: Michael Laitman, colaborador de Unidos con Israel

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