(AP/Alastair Grant) (AP/Alastair Grant)
Anti-Israel boycott UK

En la columna de la semana pasada, “¿Por qué hay judíos antisemitas?” escribí que, al igual que yo, los enemigos judíos de Israel consideran que la actual conducta de Israel es perjudicial para el mundo.

Sin embargo –y este es un gran “sin embargo”– cuando se trata de la solución, no puedo estar más en desacuerdo, y expliqué el porqué. La columna generó un encendido debate y algunos de los lectores, que se quedaron exclusivamente con la primera parte de mi intervención e ignoraron el resto, afirmaron que yo también odio a Israel pero “adoptando sencillamente una postura más suave”.

Quizá tenía que haber esperado una reacción así, pero llamo a las cosas por su nombre, y a veces mis palabras pueden ser interpretadas fuera de contexto. Mi “agenda”, por así decirlo, es únicamente esta: el bienestar del pueblo judío y el bienestar del mundo dependen de la unidad de nuestra nación y, en última instancia, de la unidad de todo el mundo. Esto es lo que he aprendido de mis maestros, y he consagrado mi vida a transmitir este mensaje.

A decir verdad, estoy agradecido a aquellos que me critican por darme la oportunidad de profundizar en la cuestión del rol de Israel en el mundo y de las fuentes que me han llevado a creer lo que creo.

¿Quién, o qué, es el pueblo de Israel?

El pueblo judío es único. Las naciones generalmente se forman a partir de una cultura común o de una etnia; o ambas. El pueblo judío es exactamente lo contrario. El Midrash (Bereshit Rabá) y Maimónides (Mishná Torá) ofrecen descripciones detalladas de la formación de nuestro pueblo. En palabras de Maimónides: “Abraham comenzó a llamar a todo el mundo (…) yendo de ciudad en ciudad y de un reino a otro hasta que alcanzó la tierra de Canaán (…) Y cuando se reunían en torno a él y le preguntaban acerca de sus palabras, a todos enseñaba (…) hasta llevarlos de vuelta a la senda de la verdad. Al final, miles, decenas de miles, se congregaron en torno a él, y ellos son el pueblo de la casa de Abraham”.

Comprender cuál es nuestro origen es clave para entender que el pueblo judío no es una nación en el sentido propio de la palabra, ¡sino un grupo de personas que comparten una idea! Los primeros hebreos provenían de todo el Creciente Fértil y el actual Oriente Medio, y pertenecían a numerosas tribus y culturas diversas. Eran un conjunto ecléctico al que solo le unía la idea de que hay una única fuerza que gobierna el universo y no un sistema politeísta. Asimismo, comprendieron que esta es una fuerza de misericordia, amor y unidad, y que es lo único que nos puede conectar por encima de nuestras diferencias.

A medida que los antiguos hebreos desarrollaban su sentimiento de pueblo, estrecharon sus vínculos hasta llegar a acordar unirse “como un solo hombre con un solo corazón”. En aquel momento, a los pies del Monte Sinaí, recibieron el código de la ley para establecer una sociedad cuyos miembros estuvieran unidos de corazón.

Tikún Olam, alias, una luz para las naciones

Abraham fue un pionero. Del mismo modo que él divulgaba su conocimiento a todo aquel que quisiera escuchar, los descendientes de Abraham continuaron realizando el trabajo y difundiendo las ideas de su antepasado al resto de la humanidad.

Nuestros sabios eran muy conscientes de esta obligación y a menudo lo expresaron en sus escritos: “La intención de la creación era que todos llegaran a ser como un haz (…) pero esta cuestión se echó a perder. La corrección comenzó en la generación de Babilonia, es decir, la corrección de la recolección y el agrupamiento de las personas que comenzaron con Abraham. (…) Y la corrección final será cuando todo el mundo se vuelva como un único haz” (Shem Mishmuel).

Por tanto, según nuestras fuentes, es obvio que Tikún Olam (la corrección del mundo) es traer la unidad al mundo. Sin embargo, hoy en día muchos judíos no creen que la misión de ser “una luz para las naciones” siga siendo válida para nosotros. Llamémoslo “luz para las naciones” o Tikún Olam, pero nuestro papel en el mundo no ha cambiado: estamos llamados a liderar el camino hacia la unidad mediante el desarrollo y la aplicación del método de conexión, y proporcionar con ello un modelo a seguir.

Lo único que mantuvo juntos a nuestros antepasados como nación, a pesar del intenso odio y los cruentos conflictos ocasionales que estallaron entre ellos, fue el entendimiento de que todos estos crímenes surgen únicamente para ser cubiertos con amor y preservar nuestra obligación hacia el mundo. “Todas las guerras en la Torá son para la paz y el amor”, refleja El Libro del Zóhar (Beshalaj). Cuando olvidamos esto, inmediatamente dejamos de ser la nación de Israel y volvemos a ser de nuevo como aquellas tribus eclécticas de las que todos provenimos.

Cada vez que alguien me pregunta: “¿Cómo sabe usted que la esencia del pueblo de Israel consiste en cubrir las diferencias con la unidad y que nuestra misión es unir el mundo?”, yo les remito a este hermoso pasaje de El Zóhar (Ajarey Mot): “‘He aquí, cuán bueno y placentero es que los hermanos también se sienten juntos’. Estos son los amigos, cuando se sientan juntos y no están separados el uno del otro. En un primer momento, parecen gente en pie de guerra, con deseo de matarse unos a otros. Luego vuelven a estar en amor fraternal. (…) Y vosotros, los amigos que estáis aquí, tal como estabais antes, en afecto y amor, desde ahora tampoco os separaréis (…) Y por vuestro mérito habrá paz en el mundo”.

Son numerosos los ejemplos de sabios que escribieron sobre nuestra misión en el mundo. “Los hijos de Israel se convirtieron en garantes de la corrección del mundo entero (…) todo depende de los hijos de Israel” (Sefat Emet). “Noé fue creado para corregir el mundo en el estado en que estaba en aquel entonces. (…) Moisés deseó completar la corrección del mundo en ese momento. Por eso tomó la multitud mezclada, porque pensaba que de ese modo se produciría la corrección del mundo (…) Sin embargo, no lo logró debido a las corrupciones que se produjeron a lo largo del camino” (Adir Bamarom).

Así es, mientras que los líderes de otras naciones deseaban conquistar el mundo, nuestros antiguos sabios deseaban corregirlo a través de la unidad.

De perjudicial a beneficioso

Hace dos mil años, a pesar de los esfuerzos, nuestra unidad se derrumbó y sucumbió a un odio sin fundamento. El Templo fue destruido, nos dispersamos por todo el mundo y perdimos la soberanía de la tierra donde debíamos efectuar la corrección de nuestra unidad.

Desde ese momento, la gente comenzó a sentir que los judíos no estaban haciendo lo que debían hacer. Pero como eran incapaces de especificar qué es exactamente lo que judíos deben hacer, comenzaron a culparlos de todos los problemas y dificultades que iban apareciendo. Si había escasez de dinero, era porque los judíos lo habían robado con la usura. Si estaban enfermos, era porque los judíos habían envenenado los pozos. Si estallaban los conflictos, era porque los judíos eran belicosos. Si un país perdía una guerra, era porque los judíos constituían una quinta columna. Todos los problemas tenían una única causa: “Lo han hecho los judíos”.

Pero, en realidad, no era lo que los judíos hacían; era precisamente lo que no hacían lo que les convertía en inculpados: no se unían. No estaban proporcionando un ejemplo de unidad al mundo y por ende la humanidad no podía unirse; y los problemas no tardaron en llegar. “En Israel”, escribe Rav Kook, “se encuentra el secreto de la unidad del mundo” (Orot HaKodesh).

Incluso el empresario Henry Ford, conocido antisemita, sintió que la culpa de los judíos era que no daban al mundo el beneficio que debían aportar: “La sociedad tiene un gran reclamo contra él, el judío, para que (…) empiece a cumplir (…) la antigua profecía de que, por medio de él, todas las naciones de la tierra serían bendecidas” (El judío Internacional – Un problema del mundo).

La Gran Oportunidad

El establecimiento del estado de Israel volvió a abrir la posibilidad de implementar en nuestros corazones esa unidad que originalmente nos había convertido en nación. La tarea que nos fue encomendada es tan válida hoy como lo era entonces, y el mundo nos está demandando que la llevamos a cabo. ¿Es Israel perjudicial para el mundo? Mientras no nos unamos por encima de nuestras diferencias, y por culpa de ello estemos causando conflictos en el mundo, somos perjudiciales. “Recae sobre la nación de Israel el calificarse a sí misma y a todos los pueblos del mundo (…) y desarrollarse hasta llegar a aceptar el sublime trabajo del amor a los demás, que es la escalera hacia el propósito de la creación”, escribió el Rav Yehuda Ashlag.

Si nos dispersamos, como a Soros y a su camarilla les gustaría, el mundo no sabrá cómo lograr la paz y la sociedad humana se sumirá en un caos total. En cambio, “los hijos de Israel corrigen el mundo cuando vuelven a ser una nación (…) la corrección debe consistir en que nos corregimos a nosotros mismos y encontramos la raíz de la unidad a partir de la separación” (Sefat Emet).

Con el tiempo, todos comprobaremos que “la primera defensa contra la calamidad es el amor y la unidad” (Maor VaShemesh). Podemos llegar ahí presionados por el mundo, o bien por nuestra propia voluntad. La elección es nuestra, así como la pericia para hacerlo. En efecto, si las naciones desean tener paz, lo único que tienen que hacer es convertir su hostilidad hacia Israel en una presión para que Israel se una y pueda dar un ejemplo al mundo. Si nos unimos, traeremos al mundo un beneficio que nadie más puede traer, un beneficio que todo el mundo, inconscientemente, espera de nosotros: paz, hermandad y unidad.

Por: Michael Laitman, colaborador de Unidos con Israel

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