Jewish worshipers at the Western Wall in Jerusalem's Old City. (Yonatan Sindel/Flash90) (Yonatan Sindel/Flash90)
Jerusalem

La unánime decisión del Consejo de Seguridad de la ONU demuestra que si hoy en día se hubiera votado sobre el establecimiento de un estado judío Israel no existiría.

Hace poco más de dos semanas Theresa May, la primera ministra del Reino Unido, declaró: “No puede estar más claro: el movimiento de boicot, desinversión y sanciones es algo erróneo, no es aceptable; y este partido y este gobierno no tendrá ninguna relación con aquellos que lo suscriban”. Apenas dos semanas después, el gobierno del Reino Unido dio un giro de 180 grados y votó a favor de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU) impulsada por Estados Unidos que abre la puerta a sanciones indiscriminadas y boicots contra Israel.

Desde su investidura en 2009, Barack Obama ha arrojado cada vez más “luz” entre Israel y los Estados Unidos, como él mismo calificó su política de distanciamiento de los EE.UU. con Israel. Su última maniobra –poco disimulada– para exponer a Israel a sanciones por parte del Consejo de Seguridad probablemente no será la última; no si puede evitarlo.

Sin embargo, Obama no es el mayor problema de Israel. Por muy sorprendente que parezca, el peor y el único problema de Israel es el propio Israel. La decisión unánime del CSNU revela que el mundo entero, prácticamente cada uno de los 193 estados miembros de la ONU, tiene una visión negativa de Israel. Ningún otro país –ni siquiera Irán, Irak, Siria, Arabia Saudita o cualquier otro país gobernado por algún déspota– ha logrado la “proeza” de unir al mundo entero en su contra. Si la votación sobre el establecimiento del estado judío se hubiera producido hoy en día, Israel nunca habría llegado a existir.

Es más, si hoy se solicitara una votación ante la Asamblea General de la ONU para revocar el establecimiento del Estado de Israel, sería aprobada por la misma mayoría que aprobó la reciente resolución del CSNU y con la misma ovación por parte de los estados miembros .

¿Por qué este odio?

En primer lugar, debe quedar claro que la iniciativa del gobierno estadounidense de bloquear los asentamientos israelíes en Cisjordania no se debe a los esfuerzos del dúo Obama-Kerry para promover la paz en la región. Es parte de los esfuerzos de la actual administración para eliminar al estado judío. Los palestinos, como muy bien sabe Obama, nunca han sido socios para la paz porque nunca han aspirado a ella. Desde los disturbios en Jafa de 1921 han lanzado periódicas oleadas de ataques asesinos contra judíos en Israel y en otras partes del mundo, y han forjado alianzas con todo aquel que prometiera ayudarles a exterminar o expulsar a los judíos de Israel, incluyendo la alianza con la Alemania nazi. Cuando la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) –“progenitora” del terrorismo árabe– fue fundada en 1964, no había “territorios ocupados” que devolver; estos fueron tomados tres años después, en 1967, durante la Guerra de los Seis Días. Aún más, el territorio conquistado nunca perteneció a los palestinos: era territorio jordano.

La actual administración de Estados Unidos es sabedora de todo esto, al igual que los más de 100 estados que reconocen a la OLP como el único representante legítimo del pueblo palestino. En pocas palabras, la gran mayoría de los países están de acuerdo con el posicionamiento árabe de que Israel no debería existir. El gobierno de Obama se ha propuesto poner en práctica esa postura y hará todo lo posible por cumplir su agenda en el tiempo que queda hasta la investidura de Donald Trump, e incluso después. Ya he advertido anteriormente de que la resolución de la UNESCO negando la historia de los judíos en el Monte del Templo era tan solo un indicador de lo que podía venir. Ahora que Obama ya no está ocupado con los resultados electorales, estamos presenciando la materialización de la amenaza de acabar con la existencia del Estado de Israel.

En 2013 publiqué el libro Como un manojo de cañas: Por qué la unidad y la solidaridad mutua están hoy en la agenda del día. En él señalo que las catástrofes del Holocausto y la Inquisición española no fueron hechos aislados, sino parte de un proceso que debe completarse. Ahora estamos presenciando el comienzo del desarrollo de la siguiente etapa del proceso. Sin embargo, como reflejé en “¿Por qué la gente odia a los judíos?”, tenemos control sobre la etapa actual: no tiene que ser un proceso traumático. Si nos centramos en por qué somos odiados y lo que necesitamos hacer al respecto en lugar de estar lamentándonos acerca de que todo el mundo nos odia, atravesaremos esta etapa de forma rápida y apacible; y en el proceso eliminaremos el odio hacia Israel y erradicaremos el antisemitismo.

Israel: el judío entre las naciones

Abraham Foxman, exdirector nacional de la Liga Antidifamación (ADL), afirmó que Israel se ha convertido en “el judío entre las naciones”. Y no le falta razón. Esencialmente, no hay ninguna diferencia entre las acusaciones a las que se enfrenta Israel y las acusaciones que los judíos han sufrido a lo largo de la historia. La diferencia es que ahora hay un objetivo: el estado de Israel, el judío entre las naciones. Ahora todos pueden dirigir su odio hacia una entidad bien definida e inventarse libelos de sangre y falsas acusaciones como hicieron en el pasado con los judíos. Pero como a menudo podemos comprobar en las manifestaciones del BDS, la ira contra Israel es meramente un pretexto mal disimulado para dar rienda suelta al antisemitismo.

Para intentar comprender las raíces del odio más profundo e imperecedero en la historia de la humanidad, debemos retornar a nuestras raíces, ya que ahí es donde comenzó todo. Los judíos somos distintos de las otras naciones. Somos la única nación en la historia de la humanidad a la que se le ha encomendado la tarea de proporcionar un ejemplo que será la salvación del mundo. Somos la única nación cuyo nacimiento fue declarado por Dios, pero solamente cuando aceptamos la condición de unirnos “como un solo hombre con un solo corazón”.

Fuimos proclamados elegidos por el Dios que veneran las tres religiones abrahámicas, y ese Dios nos encargó que fuésemos “una luz para las naciones”. No importa lo que la gente diga: es un hecho que cuanto más oscuro se vuelve el mundo, más nos señala con un dedo acusador.

El Talmud escribe (Maséjet Shabat, 31a) que cuando un gentil se dirigió a Hilel pidiéndole que le explicara la ley judía, Hilel respondió: “Aquello que odias, no se lo hagas a tu prójimo. Esa es la totalidad de la Torá”. Se supone que esta ley debía ser luz para las naciones; pero si los padres de esta ley –los que se supone que tenían que ser sus precursores– no la ponen en práctica entre sí y no brindan un ejemplo para que otros lo puedan seguir, entonces ¿cómo podemos reprochar al mundo su odio hacia nosotros? ¿Cómo no dar la razón al mundo cuando dice que tenemos la culpa de todas las guerras si no hacemos el más mínimo esfuerzo para superar nuestro odio mutuo y unirnos?

La ley principal en nuestra antigua sociedad era la solidaridad mutua. ¿Cómo la ponemos en práctica hoy entre nosotros? ¿De qué manera mostramos nuestra solidaridad unos hacia otros? Hemos adoptado la competitiva y egocéntrica cultura helenística, cuando se suponía que debíamos ser la alternativa a esa cultura. Ahora bien, nos ofendemos cada vez que el mundo nos dice que estamos de más.

The Windsor Star citó al que fuera primer ministro de Israel, David Ben Gurion, afirmando: “No importa lo que digan las naciones, sino lo que hagan los judíos”. Es cierto. El odio de las naciones proviene de nuestra inacción hacia la unidad, hacia la solidaridad mutua, hacia la recuperación del vínculo que nos convirtió en nación desde el principio. Sin nuestro ejemplo, las naciones no hallarán la paz entre ellas; y nos culparán por ello. El proceso anteriormente mencionado es un desarrollo de la desconexión hacia la conexión, de la separación a la preocupación mutua. Sin embargo, si no iluminamos el camino para las naciones con nuestro ejemplo, no podrán lograr la conexión y, por ende, no tendrán necesidad de nosotros.

Cuando las naciones, como tantas veces ha ocurrido a largo de la historia, pasen del discurso a las acciones contra los judíos será demasiado tarde para que hacer lo que debemos hacer. Tenemos que unirnos antes de que las palabras se conviertan en acciones. Ahora es el momento de actuar.

En referencia a las fuertes disputas entre judíos, Baal HaSulam escribió en los años treinta: “Sé que aunque los reunamos en una canasta, el uno no cederá ni lo más mínimo ante el otro, y ninguna amenaza impedirá que cada uno lleve a cabo su ambición”. Trataba de advertirnos sobre el inminente Holocausto.

Yo trato de hacer lo mismo. No me gusta ser el aguafiestas en la celebración de la victoria de Donald Trump, siempre quise que él ganara. Pero si no nos unimos pronto por encima de lo que nos separa, nuestro futuro será sombrío. El mundo ya está tomando medidas pactadas contra nosotros: no podemos esperar o será demasiado tarde.

Los macabeos, nuestros antepasados, lograron superar la división entre ellos derrotando así a las fuerzas de separación. Y aunque eran unos pocos contra muchos, gracias a su unidad, expulsaron de la tierra de Israel al enemigo. Aprendamos de su ejemplo lo que la unidad puede conseguir cuando realmente la deseamos.

Michael Laitman, colaborador de Unidos con Israel

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