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הִנֵּה אֲנִי פֹתֵחַ אֶת-קִבְרוֹתֵיכֶם וְהַעֲלֵיתִי אֶתְכֶם מִקִּבְרוֹתֵיכֶם עַמִּי; וְהֵבֵאתִי אֶתְכֶם, אֶל-אַדְמַת יִשְׂרָאל
יחזקאל ל»ז

Así dice HaShem, Dios, he aquí que Yo abriré vuestras tumbas, y los alzaré de vuestros sepulcros y los llevaré a la tierra de Israel…

Por: Rabino Yosef Bitton

Esta es un Shabbat muy simbólico. Que marca la transición entre dos hitos históricos importantísimos, diametralmente opuestos y que afectaron y cambiaron profundamente al pueblo judío. Por un lado, este pasado martes conmemoramos Yom HaShoa, el día del Holocausto, y por otro lado, este próximo miercoles 29 de Abril, celebraremos Yom ha’Atzmaut, el día de la Independencia de Israel.

Los judíos hemos sufrido incontables persecuciones, matanzas y progroms. En todas las tierras y en todos los tiempos. Pero nunca vivimos algo tan siniestro como la Shoah. Tanto en términos absolutos como relativos, nunca hubo una matanza tan devastadora de judíos como la ocurrida en Europa entre 1940 y 1945. Recordemos la absoluta desesperación cuando ya nadie se atrevía a oponerse al Tercer Reich, como se ve claramente en la película The Darkest Hour, Las horas más oscuras, que registra los actos más desesperados de Winston Churchill. Todo parecía haber acabado para el pueblo judío cuando los Nazis exterminaron a medio millón de judíos de la comunidad Húngara en solo 6 meses. O cuando el infame general Nazi Erwin Rommel comenzó a preparar las cámaras de gas en Túnez para transportar allí y gasear a todos los judíos del Norte de Africa, Palestina, Siria, Irán e Irak. Nunca el pueblo judío percibió que su final estaba tan cerca. Nunca perdimos tanto la esperanza y nunca nos sentimos que estábamos ya irremediablemente condenados a morir. O ya muertos…

Y entonces, en solo 3 años, que en términos de la milenaria historia judía es menos que un abrir y cerrar de ojos, el gran milagro que la Torá (Debarim 30) y todos nuestros profetas habían prometido hace tanto tiempo atrás, finalmente ocurrió. Comenzó el KIBBUTS GALUYOT, el regreso del pueblo de Israel a nuestra tierra y contra todos los pronósticos, establecimos un Estado judío independiente. Como lo habían anticipado los profetas , HaShem, literalmente, abrió nuestras tumbas, nos sacó desde abajo de la tierra y nos trajo de regreso a la hermosa tierra a Israel.

Hace mucho tiempo, más de 2500 años atrás, el profeta Ezequiel (Yejezquel) tuvo una visión profética (nebuá) muy especial. En esta visión (Capitulo 37) HaShem llevó a Yejezquel a un valle. Y en ese valle había huesos. Muchos huesos. Huesos humanos. Huesos secos. No hay nada más muerto que un hueso seco. Ezequiel lo vio y no dijo nada. Y entonces, en esa visión, HaShem le dijo a Ezequiel: «Hijo del hombre: ¿Piensas tú que estos huesos podrán volver a la vida? Y Ezequiel, en una combinación de humildad, sorpresa y sentido común, respondió: «HaShem, sólo Tú puedes saberlo»

Y entonces hubo un ruido ensordecedor. Y los huesos empezaron a moverse. Se juntaron con otros huesos. Y formaron esqueletos. Y los esqueletos se revistieron de venas, nervios y carne. Y finalmente se cubrieron de piel. Ahora ya no eran huesos sino cuerpos humanos. Pero no tenían vida. Eran cadáveres. Y entonces HaShem le dijo a Ezequiel: «Profetiza para que a estos cuerpos les llegue vida …. que se introduzca en estos cuerpos un hálito [Divino] de vida y que vuelvan a vivir.» Y así fue. «Y un hálito de vida ingresó en esos cuerpos y se pusieron de pie. Era un gran ejercito, muy numeroso». Y entonces HaShem le dijo al profeta Ezequiel: «Hijo del hombre, estos huesos son la casa de Israel. [Mi pueblo] dice: ‘nuestros huesos se han secado, se ha perdido nuestra esperanza, hemos sido condenados [a desaparecer].’ Por eso, quiero que profetices, y les anuncies [al pueblo de Israel]: así dice HaShem, Dios, he aquí que Yo abriré vuestras tumbas, y los levantaré de vuestros sepulcros y los llevaré a la tierra de Israel…

Es imposible no conectar esta intensa profecía con 1945 y 1948.

En 1945 estábamos condenados a desaparecer. Eramos literalmente huesos secos, o quizás peor: cenizas. Y entonces, cuando ya todos pensaban que habíamos desaparecido, que ya nunca más volveríamos a ser un pueblo, que todas las milenarias profecías nunca se cumplirían, ocurrió el milagro más grande: HaShem abrió nuestras tumbas, nos levantó y nos devolvió la vida. Pero allí no terminó Su milagro: luego ocurrió lo inconcebible, aquello que nadie se hubiese atrevido a anticipar o incluso soñar. HaShem cumplió lo que nos prometió: Regresamos a nuestra tierra, y establecimos el Estado de Israel, tal como Ezequiel lo había profetizado: «y cuando abra vuestras tumbas, y los saque de ellas, pueblo Mío, los conduciré a vuestra tierra, y así sabrán que Yo, HaShem, he prometido y he cumplido».

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