(Photo: Yonatan Sindel/Flash90) (Photo: Yonatan Sindel/Flash90)

Las tres semanas –o Bein HaMetzarim (“Entre las calamidades”)– que comienzan con el 17 de Tamuz (conmemorado el domingo 11 de julio) y terminan con el 9 de Av (conmemorado este año el martes 1 de agosto) marcan una época muy sombría de nuestro pasado.

Las tres semanas –o Bein HaMetzarim (“Entre las calamidades”)– que comienzan con el 17 de Tamuz (conmemorado el domingo 11 de julio) y terminan con el 9 de Av (conmemorado este año el martes 1 de agosto) marcan una época muy sombría de nuestro pasado. En la era de Candy Crush y Pokemon Go, a nadie le interesa conocer todo esto, pero debería interesarnos, porque la dolencia que devastó nuestra nación hace 2.000 años nunca ha sido sanada. Y hoy, como entonces, es la causa de todos nuestros problemas.

La triste historia sobre Kamtza y Bar Kamtza

El Talmud (Masejet Guitín) nos cuenta que una vez, cuando el Templo seguía en pie, un rico judío de Jerusalén tenía un amigo llamado Kamtza y un enemigo llamado Bar Kamtza. Un día, el acaudalado judío decidió dar una fiesta. Envió a su criado a que invitara a su amigo Kamtza a la fiesta, pero el criado, por error, invitó a su enemigo Bar Kamtza. El sorprendido Bar Kamtza interpretó esto como un gesto de reconciliación y aceptó la invitación. Se puso sus mejores ropajes y fue a la casa del que pensaba que ya no era su enemigo.

Cuando el anfitrión se dio cuenta de que Bar Kamtza estaba allí, se enfureció y exigió que se marchara de inmediato. El humillado Bar Kamtza imploró al anfitrión que le permitiera quedarse. Incluso se ofreció a pagar su propia comida y bebida así como la de todos los demás. El anfitrión no solo se negó despiadadamente, sino que además sacó a Bar Kamtza a rastras de su casa y lo echó a la calle.

Humillado y deshonrado, Bar Kamtza prometió venganza no solo contra su anfitrión sino también contra los invitados, que habían apoyado al anfitrión. “Los difamaré ante el emperador” decidió.

Bar Kamtza fue hasta el emperador Nerón y le dijo que los judíos estaban planeando una rebelión contra él. Tras unas dosis de astuta persuasión, el emperador se convenció de que Bar Kamtza decía la verdad y envió a su ejército, liderado por Tiberio Alejandro, que era judío, para destruir Jerusalén y el Templo.

A lo largo de las generaciones, esta conocida historia ha retratado el odio sin fundamento que condujo a nuestra decadencia social y moral, y que finalmente nos llevó al exilio. Esta historia resulta tremendamente oportuna dado el actual clima social. Como podemos ver, leer y escuchar cada día, los conflictos, las manipulaciones y la falta de honradez entre nosotros están ahora más presentes que nunca. El sarcasmo y la burla que unos utilizamos contra otros no van dirigidos a la agudeza de los demás, sino a la aversión que sentimos por el otro.

Tiempo de volver a conectar nuestros hilos de amor

Las tres semanas marcan el tiempo entre la ruptura de las murallas de Jerusalén y la destrucción del Templo. El Santo Shlah escribió que “el odio infundado provocó la destrucción del Templo”. En efecto, como señaló Baal HaSulam, “Es una lástima admitir que una de las virtudes más preciosas que hemos perdido es la sensación natural que conecta y sostiene a cada nación. Los hilos del amor que conectan la nación, tan naturales y ancestrales en todas las naciones, se han ido degenerando, han abandonado nuestros corazones, y han desaparecido”. En consecuencia, lo único que nos mantiene unidos como una nación es el odio que el mundo siente hacia nosotros.

El mundo occidental en la actualidad todavía ofrece a los judíos libertad de expresión y movimiento. Debemos usar esta libertad para restablecer el amor fraternal por encima de nuestro distanciamiento y reconstruir nuestro sentimiento de pueblo. Ahora, antes de que la puerta de la libertad vuelva a cerrarse, nuestra nación debe trabajar sin descanso para volver a levantarse desde las ruinas del odio infundado y llevar a cabo la vocación de nuestro pueblo: ser un modelo de nación verdaderamente unida. Un modelo que todas las naciones quieran emular para que también ellos puedan beneficiarse de esa fuerza especial de la unidad.

Construir el Templo en nuestro interior

Al reflexionar sobre la destrucción del Templo, debemos también tener en cuenta el futuro. Cuando El libro del Zóhardescribe la construcción del Tercer Templo, no está hablando de arcos o ladrillos: habla de nuestras conexiones. Describe la restauración de nuestros corazones quebrados que sufren la dolencia del odio infundado. El Zóhar explica cómo todo el mundo podrá beneficiarse de la conexión que irradie el pueblo unido de Israel. Por lo tanto, la construcción del Tercer Templo se llevará a cabo dentro de nosotros y entre nosotros, reparando nuestros lazos rotos y cubriendo el odio con amor, como escribió el rey Salomón: “el amor cubre todas las transgresiones”.

Del mismo modo que cuando nos separamos unos de otros invocamos una fuerza negativa, cuando conectamos unos con otros estamos despertando una fuerza positiva. Esta fuerza transforma nuestra sospecha mutua en preocupación mutua, y nuestro aislamiento en solidaridad mutua. Lo hermoso en esta fuerza es que podemos mantener nuestra individualidad y potenciar nuestros rasgos personales al tiempo que contribuimos a la sociedad y recibimos los beneficios de la contribución de los demás. De este modo, tejemos una “manta” de conexión con la que cubrir nuestra separación.

El gen de la unidad

El judaísmo de hoy está roto, fragmentado en incontables pedazos. Pero el “gen” de la unidad está latente en cada uno de nosotros, y podemos devolverlo a la vida si así lo decidimos. Si, a pesar de nuestros egos desbordantes, hacemos todo lo posible por unir nuestras fuerzas en un objetivo común como nación judía –proporcionar a la humanidad un ejemplo de unidad en un momento en que tanto lo necesita– cumpliremos con aquello que estamos llamados a cumplir.

Ahora es el momento de ser proactivos. El mundo está en una espiral descendente y a la vista está que el ego tiene mucho que ver en ese descenso. Pero nadie sabe cómo detener ese comportamiento suicida colectivo. Nosotros, los judíos, los garantes del principio “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, debemos aceptar el reto, no hacer caso a nuestros egos, y unirnos por encima de ellos. Este es el mensaje, certero y positivo, que debemos extraer de las tres semanas; es lo único que garantizará la seguridad y la felicidad de Israel y del mundo entero.

Y hoy, como entonces, es la causa de todos nuestros problemas.

La triste historia sobre Kamtza y Bar Kamtza

El Talmud (Masejet Guitín) nos cuenta que una vez, cuando el Templo seguía en pie, un rico judío de Jerusalén tenía un amigo llamado Kamtza y un enemigo llamado Bar Kamtza. Un día, el acaudalado judío decidió dar una fiesta. Envió a su criado a que invitara a su amigo Kamtza a la fiesta, pero el criado, por error, invitó a su enemigo Bar Kamtza. El sorprendido Bar Kamtza interpretó esto como un gesto de reconciliación y aceptó la invitación. Se puso sus mejores ropajes y fue a la casa del que pensaba que ya no era su enemigo.

Cuando el anfitrión se dio cuenta de que Bar Kamtza estaba allí, se enfureció y exigió que se marchara de inmediato. El humillado Bar Kamtza imploró al anfitrión que le permitiera quedarse. Incluso se ofreció a pagar su propia comida y bebida así como la de todos los demás. El anfitrión no solo se negó despiadadamente, sino que además sacó a Bar Kamtza a rastras de su casa y lo echó a la calle.

Humillado y deshonrado, Bar Kamtza prometió venganza no solo contra su anfitrión sino también contra los invitados, que habían apoyado al anfitrión. “Los difamaré ante el emperador” decidió.

Bar Kamtza fue hasta el emperador Nerón y le dijo que los judíos estaban planeando una rebelión contra él. Tras unas dosis de astuta persuasión, el emperador se convenció de que Bar Kamtza decía la verdad y envió a su ejército, liderado por Tiberio Alejandro, que era judío, para destruir Jerusalén y el Templo.

A lo largo de las generaciones, esta conocida historia ha retratado el odio sin fundamento que condujo a nuestra decadencia social y moral, y que finalmente nos llevó al exilio. Esta historia resulta tremendamente oportuna dado el actual clima social. Como podemos ver, leer y escuchar cada día, los conflictos, las manipulaciones y la falta de honradez entre nosotros están ahora más presentes que nunca. El sarcasmo y la burla que unos utilizamos contra otros no van dirigidos a la agudeza de los demás, sino a la aversión que sentimos por el otro.

Tiempo de volver a conectar nuestros hilos de amor

Las tres semanas marcan el tiempo entre la ruptura de las murallas de Jerusalén y la destrucción del Templo. El Santo Shlah escribió que “el odio infundado provocó la destrucción del Templo”. En efecto, como señaló Baal HaSulam, “Es una lástima admitir que una de las virtudes más preciosas que hemos perdido es la sensación natural que conecta y sostiene a cada nación. Los hilos del amor que conectan la nación, tan naturales y ancestrales en todas las naciones, se han ido degenerando, han abandonado nuestros corazones, y han desaparecido”. En consecuencia, lo único que nos mantiene unidos como una nación es el odio que el mundo siente hacia nosotros.

El mundo occidental en la actualidad todavía ofrece a los judíos libertad de expresión y movimiento. Debemos usar esta libertad para restablecer el amor fraternal por encima de nuestro distanciamiento y reconstruir nuestro sentimiento de pueblo. Ahora, antes de que la puerta de la libertad vuelva a cerrarse, nuestra nación debe trabajar sin descanso para volver a levantarse desde las ruinas del odio infundado y llevar a cabo la vocación de nuestro pueblo: ser un modelo de nación verdaderamente unida. Un modelo que todas las naciones quieran emular para que también ellos puedan beneficiarse de esa fuerza especial de la unidad.

Construir el Templo en nuestro interior

Al reflexionar sobre la destrucción del Templo, debemos también tener en cuenta el futuro. Cuando El libro del Zóhardescribe la construcción del Tercer Templo, no está hablando de arcos o ladrillos: habla de nuestras conexiones. Describe la restauración de nuestros corazones quebrados que sufren la dolencia del odio infundado. El Zóhar explica cómo todo el mundo podrá beneficiarse de la conexión que irradie el pueblo unido de Israel. Por lo tanto, la construcción del Tercer Templo se llevará a cabo dentro de nosotros y entre nosotros, reparando nuestros lazos rotos y cubriendo el odio con amor, como escribió el rey Salomón: “el amor cubre todas las transgresiones”.

Del mismo modo que cuando nos separamos unos de otros invocamos una fuerza negativa, cuando conectamos unos con otros estamos despertando una fuerza positiva. Esta fuerza transforma nuestra sospecha mutua en preocupación mutua, y nuestro aislamiento en solidaridad mutua. Lo hermoso en esta fuerza es que podemos mantener nuestra individualidad y potenciar nuestros rasgos personales al tiempo que contribuimos a la sociedad y recibimos los beneficios de la contribución de los demás. De este modo, tejemos una “manta” de conexión con la que cubrir nuestra separación.

El gen de la unidad

El judaísmo de hoy está roto, fragmentado en incontables pedazos. Pero el “gen” de la unidad está latente en cada uno de nosotros, y podemos devolverlo a la vida si así lo decidimos. Si, a pesar de nuestros egos desbordantes, hacemos todo lo posible por unir nuestras fuerzas en un objetivo común como nación judía –proporcionar a la humanidad un ejemplo de unidad en un momento en que tanto lo necesita– cumpliremos con aquello que estamos llamados a cumplir.

Ahora es el momento de ser proactivos. El mundo está en una espiral descendente y a la vista está que el ego tiene mucho que ver en ese descenso. Pero nadie sabe cómo detener ese comportamiento suicida colectivo. Nosotros, los judíos, los garantes del principio “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, debemos aceptar el reto, no hacer caso a nuestros egos, y unirnos por encima de ellos. Este es el mensaje, certero y positivo, que debemos extraer de las tres semanas; es lo único que garantizará la seguridad y la felicidad de Israel y del mundo entero.

Por: Michael Laitman, colaborador de Unidos con Israel

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