Parece que la mayoría de los judíos reconocen, desde el verano pasado, que el antisemitismo es un problema real. Al principio pensábamos que solamente los musulmanes eran antisemitas. Después nos dimos cuenta de que los europeos, en general, tampoco sienten una inclinación hacia nosotros. Poco después, nos dimos cuenta de que los campus americanos dan muestra de gestos antisemitas. Ahora, por fin, hemos descubierto que es un problema que se da en todo el mundo.

Ya en 2011, mucho antes de que la mayoría de nosotros comprendiera que esto volvía a ser de nuevo un problema, la muy directa Sarah Silverman lo expresó de manera muy sencilla: “Si hay una cosa que debemos entender es [que], en general, el mundo odia a los judíos”.

Ahora que todos lo hemos captado, nos comportamos como si fuera un espectáculo, como si de un evento deportivo se tratara: hacemos recuento, estadísticas, vigilamos las tendencias y calculamos las probabilidades.

Si usted hace una búsqueda con esta frase: “antisemitismo alcanza niveles récord”, obtendrá cientos de resultados solamente de los últimos cinco años. De modo que, o somos un desastre en matemáticas, o resulta que efectivamente cada semana estamos batiendo récords de antisemitismo.

Y sin embargo, llevar el recuento es algo tan natural. “Oye, Jill” –le dice Alex a su esposa totalmente absorto con lo que lee en su tableta– ¿has leído lo del aumento del antisemitismo en [escoja un lugar]? Se ha disparado un 13.5 por ciento desde el mismo período el año pasado, y se espera que siga subiendo ahora que vuelve a haber tensión en Gaza. The Times dice que es un pico más pronunciado que el que hubo en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial”. “¿En serio?” –dice Jill, con evidente poco interés– “no te olvides de recoger a Danni del entrenamiento a las seis esta tarde, ¿de acuerdo?”.

Me gustan los deportes. Yo solía practicarlos con asiduidad cuando era joven. Pero nos hemos acostumbrado tanto a pensar acerca de todo en términos deportivos o de entretenimiento, que sin darnos cuenta tratamos este tema como si fuera cualquier otro tipo de deporte. Incluso aquellos que están decididos a luchar contra el antisemitismo lo afrontan como una competición: nosotros contra ellos, los buenos contra los malos, y si ellos traen su dinero, nosotros traeremos el nuestro y vamos a ver qué dinero resulta ganador.

Olvídelo. La mayor parte del mundo odia a los judíos. Gastarse millones de dólares intentando demostrar que usted no es tan malo como ellos piensan no va a funcionar, porque ya están convencidos de que usted es un corrupto.

Lo que funcionaría es emplear el arma o la panacea “apocalíptica”, dependiendo de la perspectiva que cada uno tenga en este conflicto. En cada ocasión que los no judíos han ido a por nosotros, la estrategia que siempre nos ha funcionado (siempre que nos acordamos de aplicarla) es mantenernos unidos. Cuando permanecemos unidos, de una u otra manera, nos mantenemos en pie.

No es una coincidencia. Desde los días de Abraham, y pasando por los tiempos de Moisés y sus propias “Tormentas del Desierto”, hasta la era moderna de las guerras en Israel, cada vez que nos mantuvimos unidos, logramos triunfar, porque la unidad es la esencia de nuestro pueblo. Hemos inventado “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, y hemos ideado “lo que tú odias, no se lo hagas a tu prójimo”. Cuando practicamos estos principios, nos convertimos en una luz para las naciones, el modelo a seguir que ellas esperan de nosotros.

El verdadero propósito de su odio es que nos veamos obligados a unirnos ya que, de otro modo, no vamos a hacerlo. Y cuando nos unamos, ellos también podrán unirse. A pesar de que saben que esto es lo que ellos y todo el mundo necesita hoy, si no damos el primer paso, ellos tampoco serán capaces de hacerlo.

Están esperando a que nos unamos entre nosotros y mostremos al mundo cómo hacerlo. ¿Por qué es algo que resulta tan difícil? Nuestros egos humanos han alcanzado proporciones tan desmesuradas que no logramos dominarlos. La única excepción son los judíos. A los pies del Monte Sinaí, nos unimos como un solo hombre con un solo corazón, y con ello nos convertimos en una nación. Por un tiempo a lo largo nuestra historia, conseguimos superar nuestros egos y poner en práctica “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Ahora estamos practicando lo contrario. Se dice que el Templo fue destruido a causa del odio infundado, a causa del odio por el odio. Cuando estamos divididos, llega el mal; pero solamente llega para recordarnos que permanezcamos unidos.

Si observamos la historia, es fácil ver que, cuanto más nos odian las naciones, más unidos estamos. Es casi como un reflejo, pero también una señal de que la razón por la que nos odian es la de obligarnos a unirnos. Si nos unimos, ellos se unirán también, y pondrán fin a la guerra. Pero si no nos unimos, ellos permanecerán divididos y nos culparán por ello. No van a verbalizarlo, simplemente dirán: “Ustedes son la causa de todas las guerras y los problemas del mundo”. Nos toca entender que nuestra desunión es el obstáculo para su unidad, y por lo tanto la causa de todas sus guerras.

En síntesis, creo que el planteamiento proactivo a adoptar es establecer nuestra unión y que sirva como ejemplo de unidad para el mundo. No necesitamos enseñarles cómo tienen que unirse: en cuanto lo vean, sabrán hacerlo. Solo tenemos que trabajar nuestra unidad, juntos, como si fuésemos uno, para traerle la paz al mundo; no a nosotros mismos, sino al mundo.

Fuente: Michael Laitman

Profesor de ontología, Doctor en filosofía y cabalá y Licenciado en biocibernética médica. Fundador y presidente del instituto ARI. Imparte diariamente lecciones de Cabalá a una audiencia aproximada de 2 millones de personas de todo el mundo, con traducción simultánea a distintos idiomas, entre ellos: inglés, alemán, italiano, ruso, francés, turco y castellano. Al día de hoy se han publicado más de 40 libros, traducidos a 35 idiomas. Entre sus obras se encuentran: “Como un manojo de cañas”, “La guía para el nuevo mundo” y “La psicología de la sociedad integral” entre muchos más.