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Vivimos en un momento histórico donde prima aquello que se define como “políticamente correcto” en contraposición con lo que debería ser correcto políticamente hablando. Todo lo relacionado con Israel es controversial, sensible y exalta las pasiones políticas, pero si algo es considerado “políticamente incorrecto” es hablar de religión, de fe o de “experiencia religiosa” como diría Enrique Iglesias. No amigos, aquí no tiene ninguna connotación religiosa el apellido de Enrique ¡No se inquieten!

Cuando se habla de la religión de Israel afloran los instintos básicos, tampoco aquí hago referencia a ninguna película, del enfrentamiento dialéctico entre unos y otros ¿Deberíamos evitar el enfrentamiento, en forma de culta discusión, sobre los temas religiosos? Entiendo que no es fácil responder a esta pregunta, pero mi fuero interno me impide pasarla por alto.

Llega un momento en la vida, especialmente cuando pasas de los sesenta años, en que pocas cosas te sorprenden en cuanto a política o religión se refieren. Pasadas las edades febriles de la juventud cuando se discutía acaloradamente, por todo y con todos, se entra en un estadio de relativa calma mental que te hace ver las cosas bajo el prisma de tu propia experiencia. Es verdad que la experiencia, por si misma, no es suficiente consejera para pensar que tenemos razón. Con todo, dicha experiencia, te hace más fuerte a la crítica y más agudo en la respuesta a la mencionada crítica. He aprendido que cuando se deja de discutir, reflexionar, compartir y expresar tus propios puntos de vista empieza un declive intelectual y emocional que acaba en un claro declive físico.

No pretendo llevar la razón, por lo menos no siempre, pero pretendo no dejarme nada en el tintero de la duda por no haber expresado lo que sentía tanto en el campo religioso, como en el campo de la política. No quiero llegar a ese momento en la vida cuando venga a buscarme la Eternidad, algunos la llaman Muerte, y tenga el remordimiento de no haber dicho lo que creía, cuándo lo creía y dónde lo creía.

Algunas personas creen que es mejor no generar controversias con sus opiniones, un respetable punto de vista, pero otros creemos que la vida es una gran controversia que conlleva inevitablemente el enfrentamiento. Cuando hablamos de enfrentamiento no hablamos de violencia, aunque las palabras pueden desatar violentos incendios. Hablamos de intercambio de opiniones que favorezcan la pluralidad de ideas que nos hagan reflexionar a todos. Nos enriquecemos cuando compartimos lo que creemos y escuchamos lo que otros creen.

Cuando se habla de Israel, sea en el campo que sea, las pasiones se desatan y las posiciones se atrincheran. Bajo mi punto de vista es lo menos que podríamos esperar cuando hablamos del Pueblo Elegido y de la fe que han trasmitido de generación en generación. Las posiciones encontradas con los demás hacen que nos encontremos con nosotros mismos. No hay encuentro si desencuentro. No hay victoria si enfrentamiento. No hay pasión sin reflexión, diálogo y posicionamiento.

Mantengo firme la creencia de que no veremos el día en que hablar de Israel sea un tema más, sin mayores consecuencias, en el amplio espectro de la religión o de la política. Nunca pasará desapercibido el tema Israel se hable de lo que se hable. Nunca espero, ni deseo que hablar de Israel sea considerado un tema coloquial sin mayor importancia. Aquellos que levantan la voz para defender a Israel, sea de una manera o de otra, deben saber que tendrán una multitud esperando rebatir, incluso violentamente, todo argumento que pretenda dar el reconocimiento, el honor y la honra que Israel merece. El enfrentamiento siempre estará servido. No tengas miedo, no esperes ser entendido y da todo lo que lleves dentro de tu corazón ¡Esfuérzate y se valiente!

Por: José Ignacio Rodríguez, colaborador de Unidos con Israel

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