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European Union

Si quiere salvarse, la Unión Europea debe actuar en unidad. La disyuntiva es clara: o todos ganan juntos o todos perderán juntos.

Días atrás los líderes de los 27 países que permanecen en la UE tras el Brexit se reunieron en Bratislava para debatir el futuro de este peculiar superestado. A pesar de la atmósfera cordial –algo poco usual en las reuniones de la UE– todos eran conscientes de la gravedad del momento.

Donald Tusk,  presidente de la Comisión Europea, expresó en su invitación a la reunión: “La gente quiere saber si la élite de Europa puede recuperar el control de una situación que los ha desbordado, desorientado y asustado. Son muchos los que opinan ahora que pertenecer a la UE es un obstáculo para la estabilidad y la seguridad”. La canciller alemana Angela Merkel afirmó: “Estamos ante una situación crítica”, y añadió que esperaba que “Bratislava sea una muestra de que queremos trabajar juntos”. Insólitamente al unísono con ella, el presidente francés, Francois Hollande anunció: “nos enfrentamos o a una ruptura, un debilitamiento, o a optar por lo contrario: dotar de un propósito a Europa todos juntos”.

Y yo los creo. Si la UE se desmorona, arrastrará con ella al mundo entero. Como una pareja cuando se divorcia, los países no se separarán de manera pacífica: se abalanzarán para apoderarse el trozo más grande posible de los despojos, dejando a los demás que escudriñen los restos. Desatarán los odios ancestrales que acabarán con esa inconsistente fachada de afinidad que fue ideada por los políticos con razones muy desacertadas.

Concebida en pecado

Desde sus inicios, la UE tomó la dirección equivocada. La fuerza económica combinada del bloque europeo tenía como propósito cambiar la posición del viejo continente y convertirlo en un líder mundial, a la par con EE.UU., Rusia, y China, el gigante emergente. Pero la economía no es una ciencia exacta. Refleja las metas y valores de la sociedad. Cuando se arroja a un caldero un choque de culturas, una animosidad profundamente arraigada y la incapacidad de hablar el idioma del otro, el resultado solo puede ser un plato explosivo.

Para que la UE tuviera éxito la gente tendría que haber sido preparada con antelación. Por ejemplo: no se puede eliminar todos los puntos de control en una frontera y crear una zona de libre tránsito si los países no se ponen de acuerdo en quién es bienvenido y (sobre todo) quién no es bienvenido en su territorio. Por otro lado, no se puede unificar las economías de los estados miembros de la UE cuando eso conlleva la eliminación de los medios de producción de la mayoría de los miembros y depender totalmente a nivel financiero de los miembros más poderosos. Sin un sentimiento compartido de preocupación de unos por otros, una iniciativa así está destinada al fracaso. Por eso, ya la década de 1990 afirmé que la idea no tenía futuro.

Un brusco despertar

Pero no es demasiado tarde. En una carta a los líderes de la UE durante la preparación de la reunión de Bratislava, el presidente Tusk escribió: “Todos sentimos que en estos tiempos turbulentos, marcados por la crisis y los conflictos, necesitamos más que nunca una reafirmar el sentido de nuestra comunidad”. El despertar tardío de la UE puede ser doloroso y complicado, pero aún hay tiempo para arreglar las cosas si de verdad hay un “sentido de comunidad” y una responsabilidad compartida para que el bienestar llegue a todos.

Lo primero que debemos recordar es que la paz es un proceso dinámico. La naturaleza humana está en constante evolución siempre hacia un mayor egocentrismo. Sin embargo, la naturaleza posee una fuerza intrínseca para compensar esa fuerza inherente de interés individual en todas las criaturas. Eso es lo que permite la preservación, la evolución y la prosperidad de la especie. Los animales no buscan destruir su propia especie, tampoco otras especies. Sus luchas son sencillamente por la supervivencia. Esto da lugar a ecosistemas en equilibrio por todo el planeta, donde la prosperidad de cada especie depende –y de ahí su apoyo– de la prosperidad de todas las demás especies del sistema.

Los seres humanos carecen de esta contención natural. En general, tomamos todo lo que podemos, de todas partes y de todo aquel que podemos. Y si además podemos humillar a alguien durante el proceso, todavía mejor. Esto genera toda una serie de problemas –desigualdad, discriminación, opresión y depresión– que al final ocasionan la agresión. Al mismo tiempo, nuestros deseos de explotar y dominar nos impulsan a conectarnos cada vez de forma más estrecha. El resultado es una vinculación que nadie desea, pero de la que nadie se puede desligar. Esta, en síntesis, es la historia de la globalización. Por lo tanto, si queremos evitar que acabemos exterminándonos unos a otros, tenemos que aprender a convivir; y a ser posible, de manera amistosa.

Una salida

Europa no puede disolver la Unión Europea. El enojo acumulado debido a la crisis, junto con un largo historial de derramamiento de sangre, ocasionará una disolución atroz y letal no solo para Europa, sino para el mundo entero. Como Merkel y Hollande señalaron, esta crisis solamente la podemos resolver juntos. Es imprescindible comprender esto para que el proceso de curación de Europa tenga éxito.

Para que la UE prospere, debe establecer un sistema “paneuropeo de enseñanza para la conexión” que vaya dirigido a todos los residentes de la Unión. Todos los ciudadanos y residentes temporales de la UE deben participar en una serie de clases obligatorias que enseñen a cooperar y a unirse de manera práctica por encima de las diferencias, no solo en teoría, sino en la práctica real.

Esta “educación obligatoria” puede sonar exagerada, pero es algo mucho más favorable para la supervivencia de la UE que, por ejemplo, la propuesta de establecer un ejército en la UE. Si, en lugar de un reclutamiento obligatorio para el ejército de la UE, todos los residentes de la UE fueran “reclutados” para esta educación en la unidad, el bloque tendría un futuro.

Este esfuerzo por la unidad contribuirá a desencadenar la fuerza que salvaguarda el equilibrio en todos los niveles de la naturaleza, salvo en el nuestro. Permitirá a los europeos neutralizar su aislacionismo casi de la misma manera que la naturaleza equilibra el egocentrismo en el reino animal.

Gracias a ese trabajo en pro de la unidad, los europeos desarrollarán una identidad compartida por todo el bloque. Mientras los individuos sigan considerándose alemanes, franceses, españoles o italianos antes que europeos, será prácticamente imposible recomponer las roturas la “unión”.

Ahora bien, esa emergente identidad europea no debe suprimir la identidad nacional: más bien debe ser una especie de “manta” bajo la cual todos puedan hallar refugio. Esta unidad integral será una fuerza equilibradora para los europeos que posibilitará que cada nación se eleve por encima de la tendencia al aislacionismo y comience a trabajar por el beneficio de toda Europa.

Indudablemente, en un primer momento esta unidad será algo completamente fingido. Sin embargo, a medida que avance el proceso de inculcación, a los europeos cada vez se sentirán más a gusto con la idea. Las visiones cambiarán poco a poco y surgirá un nuevo espíritu. Con el tiempo, del mismo modo que es impensable que las células conciban su propia existencia como algo aislado de la existencia del resto del organismo al que pertenecen, también los países empezarán a percibirse como partes integrantes de un conjunto mayor llamado “Europa”. Su preocupación por Europa no los debilitará sino que les proporcionará vitalidad y energía adicional.

Y dado que nuestra interconexión es cada vez mayor, esa reciprocidad bienintencionada, a diferencia de los actuales vínculos no precisamente bienintencionados, serán beneficiosos para todos los partícipes, y Europa se convertirá en la potencia que siempre ha anhelado ser. Si la unidad prevalece en Europa, su ya diversa población aportará una vitalidad y un dinamismo al continente que otras potencias y continentes solo pueden limitarse a soñar.

Como dijo Merkel, la situación es crítica. Nos acercamos a un punto de inflexión a partir del cual todo se derrumbará en pedazos. El momento de actuar es ahora y la disyuntiva es clara: o todos ganan juntos o todos perderán juntos.

Por: Michael Laitman, colaborador especial de Unidos con Israel

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