(Tomer Neuberg/Flash90) (Tomer Neuberg/Flash90)
Anti Israel students

Hay judíos apasionadamente antisionistas. Hay docenas de estados musulmanes, pero no resulta fácil encontrar mahometanos que rechacen la propia idea de un estado musulmán. Incluso si los encontráramos, no tendrían ese ardor por eliminar países musulmanes que sí es posible encontrar entre los judíos en relación a la existencia del estado judío. De hecho, parece que los activistas judíos en organizaciones como BDS o Voz Judía por la Paz (para los palestinos, no para los israelíes) convierten la eliminación del estado judío en la única meta de sus vidas.

Para entender de dónde proviene ese odio tenemos que fijarnos en las raíces de la nación judía. Por lo general, las naciones fueron construidas por las familias y clanes que allí se desarrollaron o a raíz de a un hábitat u origen común. La nación de Israel es diferente. Es una nación que se formó en los días de Abraham, Isaac y Jacob, a medida que se trasladaban del Creciente Fértil a la tierra de Canaán, luego a Egipto y de regreso a Canaán hasta que se convirtieron en el pueblo de Israel, cuando se comprometieron a unirse “como un solo hombre con un solo corazón” a los pies del monte Sinaí.

Los tres patriarcas de la nación judía propagaron las ideas de cohesión y unidad, de hermandad y de amor al ser humano. Descubrieron que la manera de construir una sociedad cohesionada es elevarse por encima del ego en lugar de suprimirlo. Para ellos, el ego no era un enemigo a silenciar. Al contrario, cuanto más crecían sus egos –como reflejan sus frecuentes disputas– más se elevaban por encima de ellos y más altos niveles de unidad alcanzaban. Para ellos, Dios era una fuerza benévola que describieron como “El Bueno que Hace el Bien”. Aspiraban a que toda la nación tuviera esta cualidad de benevolencia, y establecieron una sociedad que apoyara la realización de ese anhelo.

En aquel entonces, las personas que se unieron a la nación de Israel lo hicieron no porque tuvieran alguna afinidad biológica o territorial con los israelitas, sino porque creían en esa idea. Como resultado, la nación de Israel consistió desde sus inicios en una diversidad sin precedentes de etnias y procedencias, todas ellas unidas por esa idea de unidad por encima de las diferencias.

Debido a que los hebreos no suprimieron su ego, sino que se elevaron por encima de él –insertando así la naturaleza benevolente en lo más profundo de sus corazones– se quedaron con dos inclinaciones opuestas. Una de ellas es lo que llamamos la “inclinación al mal”, el deseo de permanecer centrado en uno mismo y explotar a todo el mundo en beneficio propio; la otra es la “inclinación al bien”, es decir, la tendencia de Abraham hacia la conexión, la misericordia y la benevolencia.

Hasta hace unos 2.000 años, los judíos mantuvieron un sano equilibrio: el ego aumentaba pero eran capaces de unirse por encima de él. No obstante, como sabemos por los auténticos escritos judíos, hace aproximadamente 2.000 años el odio infundado superó a los judíos, el egoísmo predominó, y eso llevó a la destrucción del Templo y a la expulsión de los judíos de Israel.

Sin embargo, hasta nuestros días, cada judío ha albergado ambas inclinaciones. Mientras que la egocentrista es la dominante en la actualidad, existe una “memoria” inconsciente –una especie de gen latente– en el interior de cada uno. A pesar de que se encuentra oculta, repercute en muchas de las emociones y puntos de vista que los judíos desarrollan hacia el pueblo judío y el estado de Israel.

Hay muchas variantes de esta raíz, pero en general, cuando se manifiesta en forma de separación, los judíos sienten animadversión hacia el estado de Israel y se vuelven más antisionistas. Estos estados varían de una persona a otra, y en distintos momentos las personas pueden albergar diversos sentimientos hacia Israel y los judíos. Pero una cosa es cierta: Incluso si los judíos reniegan de sí mismos, no pueden permanecer indiferentes cuando se trata del estado de Israel y el pueblo judío.

El antisionismo en sí mismo no es el problema. El problema es la falta de unidad del pueblo judío. El mundo entero observa lo que está sucediendo en Israel y también entre Israel y los judíos de la diáspora. El distanciamiento, los conflictos, y la abierta animosidad que a veces exhibimos alimentan el odio de las naciones hacia nosotros. Nos guste o no, el simple hecho de estar siendo constantemente examinados nos convierte en proveedores de ejemplo para el mundo. Nuestra desunión se proyecta hacia el resto de la humanidad, y cuando el mundo está en desunión, sobrevienen las guerras, la desconfianza se extiende, la economía se paraliza y la gente se siente sola y deprimida. Y echan la culpa a los judíos.

No necesitamos que nadie nos oriente: nosotros mismos podemos educarnos y aprender de nuevo a elevarnos por encima de nuestro ego para unirnos. Esta es la panacea que el mundo está buscando. La eliminación del estado judío no va a resolver los problemas del mundo. En todo caso, retrasará la solución, porque el pueblo de Israel todavía tendrá que unirse y con ello dar ejemplo.

Especialmente ahora que el antisemitismo está aumentando por todo el mundo, podemos aprovechar este ancestral odio y unirnos por encima de nuestros egos, y convertirnos una vez más en el pueblo unido de Israel; el modelo de unidad y fraternidad que tanto necesita el mundo. Tenemos mucho trabajo por delante de nosotros. No perdamos tiempo.

Por: Michael Laitman

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