Saeb Erekat. (Issam Rimawi/ FLASH90) (Issam Rimawi/ FLASH90)

Es el tipo de historia que deja locos a un montón de amigos de Israel.

Por Jonathan S. Tobin

Uno de sus detractores más señalados, el veterano dirigente de la OLP Saeb Erekat, contrajo recientemente el covid-19; al decidir dónde tratarse, simplemente era natural que, en vez de un hospital palestino o de la vecina Jordania, eligiese el Hadassah de Jerusalén.

Erekat es un individuo que lleva toda su carrera política mintiendo sobre Israel, al que denigra tachándolo de país de represores y criminales de guerra. Erekat forma parte de un Gobierno que gasta más en sueldos y pensiones para terroristas y familiares de terroristas que en hospitales. Para colmo, en marzo llegó a mentir que los israelíes estaban escupiendo a los coches de los palestinos para esparcir el coronavirus. Y aunque se ha desempeñado como el negociador en jefe para la paz de la Autoridad Palestina (AP), se ha dedicado a hacer imposibles las negociaciones jurando que jamás reconocerá a Israel como Estado judío para poner fin al conflicto.

Ahora bien, ante la tesitura de elegir el mejor lugar de la región donde pedir ayuda, Israel fue la respuesta obvia. Hadassah es una de las instituciones sanitarias más prestigiosas de la región, y sus médicos se hicieron cargo de él. Las probabilidades juegan en contra de un Erekat que en su día sufrió un infarto y se sometió a un trasplante de pulmón. Pero si hay un sitio en el que pueda tener una oportunidad, es el Hadassah.

Aquí la gran pregunta es: ¿por qué tiene Israel que tratar de salvar la vida a Erekat, del que sólo recibe vitriolo y vilipendio?

Algunos israelíes y amigos del Estado judío no lo entienden. En esa disposición a ayudar incluso a los enemigos ven una suerte de debilidad, y esgrimen un pasaje de la Misná que dice “Quien se compadece de quien es cruel acabará siendo cruel con los que merecen compasión” como una buena razón para negar atención a Erekat.

Otros piensan que el Gobierno del primer ministro Netanyahu ha hecho mal en no pedir a los palestinos concesiones a cambio de lo que muy bien puede ser la mejor oportunidad para salvar la vida de Erekat. Y no sólo se piensa eso en la derecha. La moderada Mijal Cotler-Wunsh, del partido Azul y Blanco, opina que, antes de admitirlo, Israel tendría que haber obtenido de la AP un acuerdo de reciprocidad humanitaria que incluyera gestos como la devolución de los cuerpos de unos soldados israelíes asesinados por Hamás en Gaza o la liberación de dos árabes israelíes que deambulaban por la frontera del enclave terrorista.

Parece bastante justo; aun así, el Gobierno de supuesta línea dura de Netanyahu no intentó siquiera obtener dichas concesiones, o al menos no se empeñó demasiado. ¿Por qué?

Una respuesta pragmática es que, pese a todo el antagonismo entre Israel y la AP, y pese a la negativa de la propia AP a hacer la paz, la relación del día a día continúa. Pese a la incesante denuncia de la ocupación, lo cierto es que casi todos los palestinos viven bajo la dictadura del líder de la AP, Mahmud Abás, y su corrupto partido Fatah. Hay una cierta coordinación de seguridad, sí, que tiene por cometido impedir ataques palestinos contra israelíes… y mantener con vida a Abás frente a las amenazas de sus rivales de Hamás.

Hacer favores a los líderes palestinos forma parte de esa relación incómoda, así que difícilmente pueda sorprender que Israel ceda una cama del Hadassah para que la utilice una persona que tanto ha hecho por dañar al Estado judío.

Pero la auténtica razón va aún más allá.

Pese a que Israel es pintado como una moderna Esparta, un Estado militarizado controlado y gobernado por su establishment de seguridad, los valores judíos siguen teniendo una importancia decisiva en los procesos de toma de decisiones. Ser un Estado judío necesariamente entraña consideraciones que un enfoque meramente utilitario rechazaría.

Tal y como sucedió con la muy controvertida decisión de Netanyahu de intercambiar más de mil terroristas palestinos presos, muchos de ellos con las manos manchadas de sangre, por la liberación de un joven soldado, los líderes israelíes a menudo hacen cosas que objetivamente tienen poco sentido. El intercambio de prisioneros del que se benefició Guilad Shalit dejó libres a asesinos de niños; sin embargo, la obligación de liberar a los cautivos fue considerada prioritaria, y en vez de sufrir políticamente por esa decisión Netanyahu fue aplaudido por los votantes, aun cuando los expertos en seguridad deploraron el precedente sentado.

De la misma forma, al generalmente tenaz premier le habrá resultado imposible negar la ayuda humanitaria incluso a un acerbo enemigo como Erekat.

Es harto dudoso que cualquier otro país fuera tan generoso con un enemigo, pero de alguna manera la idea de que Israel rechazara a una persona necesitada es inconcebible. A diferencia de la tradición británica del Derecho consuetudinario, hay una obligación judía específica que dicta ayudar al prójimo en vez de quedarse a observar su sufrimiento.

Israel no es perfecto pero a menudo es sometido a un doble rasero en su trato al enemigo que no se aplica a ninguna otra democracia en guerra. Aunque es mucho más escrupuloso a la hora de tratar de evitar dañar a civiles cuando combate a sus enemigos, constantemente se le culpa por cualquier baja como no se hace con otros.

Al igual que con las ofertas de paz que Erekat y sus camaradas rechazan continuamente, nadie da crédito a Israel por su humanitarismo unilateral. Pero es completamente natural, y frustrante, que Netanyahu ayude a un líder palestino en apuros aun cuando sepamos que en caso contrario los enemigos de Israel no harían lo mismo.

La aplicación instintiva de los valores judíos tradicionales por parte del Gobierno del Estado judío secular no debería sorprender a nadie. Aun cuando no haga avanzar la causa de Israel, comportarse decentemente con quienes no harían lo propio sigue siendo la posición de principio de cualquier Gobierno del Estado judío.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

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