Torah scroll (Shutterstock) (Shutterstock)

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La historia de la humanidad se escribió en el Cielo, pero se hizo tangible en el Monte Sinaí con la entrega de la Torá. Shavuot como fuego que nunca se consume es la figura perfecta de la autoridad eterna de la Torá.

Por José Ignacio Rodríguez, colaborador de Unidos con Israel

En este contexto su vigencia sigue intacta a pesar de los muchos ataques que supuestos creyentes y genuinos ateos tienen en su agenda diaria del descreimiento. La falta de fe genuina ha llevado a más de uno a las cavernas oscuras del abandono de los principios desplegados en la Torá.

Los entendidos dicen que Shavuot es una festividad poco conocida ¿Poco conocida por quién? Pregunto solo pregunto sin el menor ánimo de controversia. El punto álgido en la historia se alcanzó después de que el Pueblo Hebreo, junto con otros pueblos, fuera liberado de la esclavitud de Egipto y le fuese entregada la Torá. Todo parece indicar que más que desconocimiento de Shavout a lo que estamos asistiendo es a una dejación de responsabilidades por parte de algunos que se dicen religiosos o creyentes.

El concepto creyente o religioso es en realidad muy ambiguo pudiendo englobar a todos lo que dicen creer en algo o en alguien. La religiosidad no es exclusiva de una cierta creencia. En religión, en política o en la música hay formas religiosas, de dudosa eficacia, que coexisten las unas con las otras. Con la entrega de la Torá en Shavuot, el día cincuenta contando desde Pesaj, el Cielo invierte nuestros supuestos valores dejándonos desnudos ante nosotros mismos. Las excusas ante el Cielo de una cierta falta de conocimiento se acabaron con la entrega de la Torá.

En Shavuot estamos llamados a ser responsables de lo que creemos y de cómo lo creemos. La falta en transmitir la fe heredada ha generado una generación degenerada, valga la triple aparente redundancia. Si Shavuot es una festividad poco conocida los únicos responsables seríamos nosotros. En la práctica nos hemos conformado a las formas religiosas sin el fondo moral, espiritual y ético que conllevan. No se trata de parecer que somos alguien, en el plano religioso, sino de ser lo que decimos creer.

El Fuego de Shavuot debería quemar toda cobardía de decir, a los cuatro vientos, lo que somos y lo que creemos. La mejor manera de demostrar la influencia que la Torá tiene en nuestra vida no es tanto por lo que decimos, que también, sino por lo que hacemos o no hacemos. La virtud está a medio camino entre lo bueno que hacemos y lo malo que dejamos de hacer. Los Hijos de la Luz, un bello símil de religioso o creyente, deberíamos alumbrar y no deslumbrar con nuestra arrogante religiosidad. No hay nada más contradictorio que el orgullo espiritual.

El conocimiento que muchos alcanzan, tanto en el campo secular y religioso, no es un cargo para exhibir sino una carga para servir. Una carga que el Cielo da a quienes tienen la responsabilidad de enseñar con sus hechos y con sus dichos. El conocimiento no nos convierte en buenas personas, pero si puede transformarnos en altaneros y arrogantes. La Torá viene a llenar el vacío de humildad que teníamos antes y después de la liberación. Los que son liberados no son necesariamente libres. La libertad no depende de estar liberado o ser esclavo pues podríamos ser liberados y permanecer sujetos de nuestros propios deseos, pasiones o rencores.

La Ley de la Libertad nos ha sido entregada en Shavuot para que reconozcamos nuestras limitaciones, desatinos y orgullos banales. La Torá Eterna está conduciendo a la humanidad a la “tierra prometida” de una vida con nobles propósitos y dedicada a sanar el mundo por medio de buenas y justas acciones. El Cielo habló a los hombres por medio de un Fuego que todo lo consume y purifica. Shavuot es otra oportunidad, de las muchas que el Cielo nos concede, para renovar nuestro pacto con el Creador. Un Pacto que nos mandó poner por obra. Un Pacto con nombre propio denominado “Los Mandamientos” que fueron escritos en tablas de piedra. Un Pacto que sería grabado en nuestro corazón y del cual somos los únicos responsables.

La celebración de Shavuot debe ser conocida y reconocida como la oportunidad que el Cielo da a todos los seres humanos de cambiar, mejorar y prosperar. La misma oportunidad que tomó Rut cuando dijo a su suegra judía Noemí: Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Una oportunidad que condujo a Rut a ser un ancestro del mismísimo Rey David. Shavuot es una buena razón para peregrinar juntos a Jerusalem sin excluir a nadie. Shavuot es el Fuego de la Torá que no se consume; que alumbra a la humanidad eternamente y que permite la esperanza de un liberador futuro que nunca se apagará. Feliz Shavuot compañeros.

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