President Donald Trump and PM Netanyahu (AP/Pablo Martinez Monsivais) (AP/Pablo Martinez Monsivais)
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Shalom (paz) significa hashlamá (complementarse), como cuando las partes rivales se complementan mutuamente para producir algo nuevo y completo.

La semana pasada, el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu se reunieron por primera vez tras la toma de posesión de Trump. Los dos se conocen desde hace tiempo y no tienen reparos en mostrar su afinidad personal a pesar de las formalidades requeridas en tales eventos. Si el primer ministro Netanyahu y el presidente Trump tuvieran que negociar la paz, seguramente la firmarían y entregarían el acuerdo antes de la primera rueda de prensa.

Pero Trump no es una parte en el conflicto israelo-palestino. Las dos partes son, claro está, israelíes y palestinos. Y la visión de los palestinos difiere mucho de lo que nosotros consideramos una solución deseable.

En la rueda de prensa posterior a la reunión, el presidente Trump dijo que no le importaba qué solución se alcance siempre y cuando ambas partes estén de acuerdo. Literalmente dijo: “Estaré satisfecho con la [solución] que ambas partes deseen. Puedo aceptar cualquiera (…) Si Israel y los palestinos está satisfechos, yo también estaré satisfecho con lo que ellos prefieran”. Más adelante añadió: “Como en cualquier negociación exitosa, ambas partes tendrán que hacer concesiones”, [volviéndose hacia Netanyahu] “Usted sabe eso, ¿verdad?”. Netanyahu respondió sin dilaciones: “¡Ambas partes!”

De las etiquetas a la sustancia

Un poco después, en la rueda de prensa, Netanyahu mencionó que él querría pasar de “las etiquetas a la sustancia”, es decir, hablar sobre una verdadera puesta en práctica de la paz en vez de quedarse en eslóganes como la “solución de los dos estados”.

Pero, ¿cómo es posible hablar de paz con un interlocutor que no quiere reconciliarse contigo? Lo cierto es que –y ya deberíamos saber esto– la única paz que desean los palestinos es la tranquilidad de echar a los judíos de Israel al Mediterráneo o a cualquier otro país o a cualquier otro planeta. En tres ocasiones se les ha ofrecido la categoría de Estado, una de las cuales incluía la retirada del noventa y siete por ciento de los territorios ocupados en 1967, así como el derecho al retorno de miles de palestinos. Para justificar su rechazo a esta propuesta, Abbas declaró: “Había extensas brechas” (29 de mayo de 2009).

En efecto, como dijo Netanyahu, lo que nos hace falta es sustancia. Pero la sustancia empieza con la comprensión de lo que significa la paz antes de intentar alcanzarla. De hecho, un acuerdo no significa la paz, sino simplemente un cese de las hostilidades hasta que un lado se sienta lo suficientemente fuerte como para aniquilar al otro por completo.

En vez de buscar acuerdos, debemos buscar el auténtico significado de la paz. Para la mayoría de la gente, “paz” no es más que una palabra, una fantasía de jóvenes ligeramente “trastornados” o un discurso necesario para los políticos durante las campañas electorales o las participantes en certámenes de belleza cuando se les pregunta por su visión de un mundo mejor. Pero en realidad, como acabamos de indicar, no hay paz.

No obstante, cuando contemplamos la naturaleza, vemos que a pesar de las constantes luchas por la supervivencia, se mantiene un equilibrio que fomenta el crecimiento y la prosperidad. Por muy sorprendente que parezca, las luchas en realidad contribuyen a una evolución saludable de las especies. Las especies rivales se complementan mutuamente y alimentándose unas de otras, preservan la fortaleza y la vitalidad de las demás especies. La existencia de depredadores garantiza la prosperidad de toda la cadena alimentaria. En algunos casos, la eliminación de una especies de animal no solo daña a la fauna del ecosistema, también perjudica a la flora e incluso a la topografía de ese sistema.

Shalom, la palabra hebrea para la paz, no tiene nada que ver con los acuerdos. Proviene de la palabra, hashlamá que significa complementar, y se refiere a un estado en el que las partes contrarias se complementan entre sí produciendo una nueva creación plena que sería deficiente sin esas contribuciones individuales, como retrata el ejemplo del enlace previo.

El primer impulsor de la paz

Curiosamente, la primera persona que comprendió la esencia de la paz fue el patriarca Abraham. Maimónides describe en detalle cómo examinó la naturaleza hasta que descubrió que todas las fuerzas de la naturaleza y todos los elementos aparentemente contradictorios se complementan entre sí (Mishná Torá, Capítulo 1).

Abraham no emprendió su búsqueda por una curiosidad científica: le preocupaba el odio que había estallado entre su pueblo, quería entender su origen y hallar una solución. Abraham observó a los constructores de la Torre de Babel y se dio cuenta de que su odio mutuo acabaría destruyéndolos. El libro Pirkey de Rabí Eliezer (Capítulo 24) recoge que “Si un hombre se precipitaba al vacío y moría, ellos no le prestaban ninguna atención. Pero si era un ladrillo el que caía, se sentaban y se lamentaban: ‘¡Ay de nosotros! ¿Cuándo habrá otro en su lugar?'”. El distanciamiento entre los constructores se hizo tan grande que “querían hablar entre sí, pero no conocían el lenguaje del otro. ¿Qué hicieron? Cada uno tomó su espada y lucharon entre sí hasta la muerte. De hecho, medio mundo fue masacrado allí; y desde entonces se dispersaron por todo el mundo”.

Al ver todo aquel odio, Abraham desarrolló un ingenioso método de conexión. En lugar de forzar a la gente a conectarse a pesar del odio, les animó a seguir siendo individualistas y conectarse con los demás por encima de su división. No le pidió a nadie que hiciera concesiones. Él simplemente dijo que nuestra singularidad complementa la singularidad de todos los demás. Los otros no son rivales, como solemos pensar sino que, cuando se juntan, nuestras cualidades únicas forman un todo que es la creación entera de todos nosotros. Es como una criatura: la creación amada por ambos progenitores.

Nimrod, rey de Babilonia, no estaba de acuerdo con la noción de Abraham de conexión por encima del odio y lo expulsó de Babilonia. Abraham partió hacia Canaán y en el camino hablaba con todo aquel que quisiera escuchar. “Puesto que [la gente] se congregaba en torno a él y le preguntaban acerca de sus palabras”, escribe Maimónides, “él enseñaba a todos. (…) Al final, miles, decenas de miles, se congregaron en torno a él, y ellos son el pueblo de la casa de Abraham”.

El grupo que Abraham estableció vivía siguiendo un sencillo principio: no trataban de extirpar de raíz el odio entre ellos, sino que procuraban conectar por encima de él. Este fue el lema de “la casa de Abraham”, que más tarde se convertiría en el pueblo judío hasta su exilio tras la destrucción del Segundo Templo. El más sabio de todos los hombres, el rey Salomón, describe sucintamente este principio en Proverbios (10:12): “El odio agita la contienda y el amor cubre todas las transgresiones”.

Para Israel, la paz siempre fue complementación

“La esencia de la vitalidad, la existencia y la corrección en la creación se alcanza gracias a personas con distintas opiniones que se aúnan con amor, unidad y paz” (Likutey halajot [miscelánea de reglas]). “La Esencia de la paz es conectar dos opuestos. Por lo tanto, no se alarmen si ven a una persona cuya opinión es completamente opuesta a la suya y piensan que nunca podrán hacer la paz con ella. O cuando vean a dos personas que son completamente opuestas entre sí, no digan que es imposible la paz entre ellos. Por el contrario, la esencia de la paz es para tratar de sellar la paz entre dos opuestos” (Likutey Etzot [miscelánea de consejos]). Estos y muchos otros textos escritos a lo largo de la historia judía ejemplifican la idea de que la paz en el judaísmo no es simplemente una ausencia de guerra, sino que es un medio para lograr una mayor unidad con un nivel superior de conexión entre personas.

A los pies del Monte Sinaí, alcanzamos nuestro primer nivel de unidad y nos convertimos en una nación tras comprometernos a ser “como un solo hombre con un solo corazón”. Inmediatamente después, fuimos se nos encomendó ser “una luz para las naciones”, es decir, transmitir al resto del mundo ese método para lograr la unidad. En esencia, el método era el mismo que Abraham desarrolló y quiso compartir con su conciudadanos, los babilonios. Por ende, no es de extrañar que, una vez que los judíos alcanzaron la unidad, lo primero que se les encomendó fuera compartir esa unidad. Por ello, “Moisés deseó completar la corrección del mundo en ese momento. (…) Sin embargo, no tuvo éxito debido a las corrupciones que se produjeron a lo largo del camino” (El comentario de Ramjal sobre la Torá).

Paz en tiempos de odio

Abraham no pudo compartir su sabiduría con los babilonios y estos desaparecieron, como ocurrió con todos los demás imperios que basaron su poder sobre el egoísmo. Solo los judíos, aunque eran poco numerosos, sobrevivieron durante siglos gracias a su capacidad de unirse por encima del odio. No obstante, cuando abandonaron esta ley de cubrir el odio con amor, se quedaron sin su tierra y fueron dispersados por todo el mundo. Hasta el día de hoy, no existe ni un solo texto judío que no atribuya el exilio de los judíos de la tierra de Israel a otra razón que no sea el odio interno.

En nuestros días, volvemos a estar en nuestra tierra, pero son las naciones quienes nos han otorgado nuestro estado; no nos lo “hemos ganado”. Es decir, no hemos restaurado el principio de que el amor cubre todas las transgresiones y, por lo tanto, internamente, aún seguimos en el exilio. La paz y la seguridad solo llegarán cuando restauremos este modus operandi entre nosotros. “La principal defensa contra la calamidad es el amor y la unidad. Cuando hay amor, unidad y amistad mutua en Israel, ninguna calamidad puede sobrevenirlos”, está escrito en Maor VaShemesh (Luz y Sol). “Cuando Israel tiene unidad, sus logros no tienen fin”, añade Noam Elimelej.

Podemos pensar que somos pocos y débiles, porque somos superados en número con creces por el mundo árabe. Pero si nos unimos, venceremos a todos los enemigos, no con la guerra, sino cubriendo el odio con amor.

Por lo tanto, el primer y más importante tratado de paz que debemos firmar no es con nuestros vecinos árabes, sino con nuestros semejantes judíos. Esta es la clave para resolver el conflicto de Oriente Próximo. Cuando nos unamos, seremos verdaderamente “una luz para las naciones”. Todas las personas y todas las naciones querrán aprender el método de conexión que Abraham desarrolló; el método que pulieron y perfeccionaron sus discípulos y descendientes para que precisamente hoy podamos emplearlo en nuestro beneficio.

Una vez que nos unamos, el odio de todas las naciones hacia nosotros desaparecerá como si nunca hubiera existido. Por ahora, ese odio de las naciones impide que podamos dispersarnos totalmente entre ellos. Pero cuando hay unidad entre nosotros, no necesitaremos el antisemitismo para mantenernos unidos y por lo tanto desaparecerá.

Por: Michael Laitman, colaborador de Unidos con Israel

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