¡Feliz Día de la Independencia!

Cada año por estas fechas llega un día en el que podemos mostrar con orgullo nuestro apoyo a Israel. En este día, dejamos (o al menos lo intentamos) a un lado nuestras diferencias acerca de nuestra patria judía y celebramos su existencia. El Día de la Independencia de Israel nos sirve para recordar que Israel es algo que no debemos dar por sentado: hace tan solo unas décadas no disfrutábamos de un hogar así y las consecuencias fueron trágicas.

Sin embargo, 70 años después de su creación, ¿podemos decir que Israel es independiente? ¿Podría Israel prescindir de la ayuda militar y financiera de los Estados Unidos? ¿Podría prosperar sin exportar sus bienes y servicios a todo el mundo, o importarlos de todo el mundo?

Israel no es el único en esta dependencia. Todo el mundo es interdependiente. Hasta los poderosos Estados Unidos de América pasarían por muchos aprietos si no fuera por sus relaciones con China, Japón, India y Europa. Pero, aunque no exista la independencia, sin duda hay una forma de que podamos sentirnos seguros y protegidos. Y aquí es donde nosotros, los judíos, podemos destacar.

Nuestra nación se estableció sobre el principio de “ama a tu prójimo como a ti mismo” –cuando nos unimos “como un solo hombre con un solo corazón”– y sentamos un precedente al instaurar una sociedad basada en la solidaridad mutua. El mundo de hoy necesita solidaridad mutua mucho más de lo que la necesitábamos en aquel entonces. Todas las naciones dependen de las demás naciones; y sin embargo, todas se empeñan en hundir a las demás como si esto no las destruyera en el proceso. Si una de ellas lo lograra, el resto de países se derrumbaría como un castillo de naipes. Pero ¿qué pueden hacer las naciones? Si no fomentan la solidaridad mutua, ¿qué otra cosa pueden hacer sino fomentar la animosidad mutua?

Ahí es donde los judíos entramos en escena. El aumento global del antisemitismo es una pesadilla que podemos convertir en bendición si actuamos acertadamente. El mundo nos acusa de estar utilizando la solidaridad judía para promover los intereses de Israel pero, en vez de rehuir de ella, debemos exhibir esa solidaridad: tenemos que dar un ejemplo de unidad. Si dejamos de deshacernos en disculpas y le explicamos al mundo que esta unidad es la forma de vida para todas las naciones, la humanidad nos escuchará.

Le hemos dado al mundo muchos logros, en un número mil veces mayor que la pequeña cifra de población mundial que representa el pueblo judío. Y sin embargo, el mundo no lo celebra. Le hemos dado al mundo la idea de amar al prójimo como a uno mismo. Y el mundo abrazó esta idea, pero no pudo implementarla.

Esta capacidad de amar a los demás es el obsequio que desean de nosotros. Así que una vez más debemos esforzarnos para lograrla y compartir esta sabiduría con ellos. Lo único que el mundo pide es ser testigo de nuestra unidad. Cuando nos unamos, no para prevalecer por encima de los demás sino para prevalecer por encima de nuestras propias disputas, nos convertiremos en “luz para las naciones”: un rayo de esperanza para que el mundo sea un lugar donde todos puedan sentirse felices y seguros. Un mundo unido.

Ese será nuestro verdadero Día de la Independencia.

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