Yoni Netanyahu Z´L (Nagrela Editores) Yoni Netanyahu Z´L (Nagrela Editores)

Corría el año 1976 en Buenos Aires, Argentina. El protagonista tenía 14 años. Participaba de los grupos sociales para jóvenes de la Sociedad Hebraica Argentina. Sus lecturas recorrían León Uris, Elie Wiesel, todo lo referido a Eli Cohen, el “Espía del Champagne”, lo que cayera en sus manos sobre la guerra de Yom Kipur y de la Guerra de los Seis días, “La casa de la calle Garibaldi” de Isser Harel y mucho más.

Por Esteban Lubochiner (Tebu), Aurora

Era invierno y todos los medios publicaban sobre una operación comando israelí, que por su rapidez y la distancia, se convertía en una hazaña que echaba por tierra toda posibilidad de secuestros aéreos exitosos. A partir del 4 de julio de 1976, los secuestradores palestinos lo iban a pensar dos veces.

Esa hazaña marcó un antes y un después, no solo en la vida de los rescatados, también en la vida del protagonista de esta historia. Compró el libro que relataba la hazaña de los Sayeret Matkal y el doloroso final de Yonatan. No hubo película que no haya visto acerca de la operación.

Desde 1976, ya tenía decidido que su hijo, el que tendría alguna vez…. Se llamaría Yonatan en su honor. Pasaron los años, terminó el colegio secundario y comenzó la universidad. Cuando salía el tema del rescate de Uganda, sus ojos brillaban, sentía un orgullo inexplicable con palabras. Y ese hombre caído, no era un número, no era un soldado caído. Era Yonatan, el espíritu del honor de esa Operación. Resumía en una sola persona el orgullo de Israel, de la lucha, del triunfo aún dentro del fracaso. Como fue su caída.

Marzo de 1983. Aeropuerto de Lod, Tel Aviv. Pisaba tierra de Israel por primera vez. Todo nuevo, todo por descubrir, todas las respuestas siempre buscadas. Y sobre un atril, en una pared del aeropuerto, encontró una estatuilla de Yonatan Netanyahu. ¿Era verdad? ¿Lo vio? ¿Lo imaginó? Preguntó al resto del grupo, ya en camino al kibutz Meguido que los alojaría, si alguno había visto la estatuilla. Nadie lo recordaba, y cada uno estaba en su mundo.

En una excursión, en una noche de dormida a la luz de las estrellas, cerca de Taba, conversando con amigos y amigas de otros kibutzim, y también llegados de Latinoamérica, imaginó cómo sería su hijo. Lo imaginó pícaro, muy pícaro desde chico. Un gran compañero de su padre, cómplice y afectuoso. Un joven que crecería con valores, honrado y trabajador. Querido por sus amigos y respetado por sus pares. Contó anécdotas imaginarias de cómo serían sus días con él. Y juro esa noche, debajo de las estrellas del cielo de Israel que su hijo se llamaría Yonatan. Yonatan como el héroe de Entebbe, como aquel hombre que dedicó su vida para servir a su país. El hombre en el que todos confiaban. Un gran hombre.

Señor Primer Ministro: ayer se cumplió un nuevo aniversario de la partida de su hermano. Quería decirle que ese niño que cuenta la historia nació un 13 de marzo de 1989. El Registro Civil Argentino en esos años no permitía poner los nombres que los padres elegían. Había una lista. No aceptaron Yonatan, ni Ionatan. Aunque el nombre era bíblico y era un país de habla hispana, solo admitían los nombres en inglés. Ese niño, por una burda decisión burocrática se llamó Jonathan. Como su padre prometió.

Quiero contarle, Señor Primer Ministro, que salió con los valores contados aquella noche frente a las costas del Mediterráneo. Es una excelente persona, franco, honesto, pícaro. Muy querido por sus amigos y respetado por sus pares. Una persona en quien confiar. Como su hermano Señor Primer Ministro. Mi hijo y yo le damos nuestros más sinceros respetos a usted y a su familia.

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