Prime Minister Benjamin Netanyahu (Facebook/PMO) (Facebook/PMO)

La batalla de Gaza entre Hamás y Fatah, entre el 10 y el 15 de junio de 2007, con al menos 120 combatientes muertos (además de 39 civiles y dos miembros de la ONU), ha mostrado ser el mayor desastre estratégico contemporáneo del movimiento palestino.

Por Pablo Sklarevich, Aurora

Con la victoria de Hamás en el enclave costero, quedó cimentada la división entre el llamado “Hamástán”, el emirato islamista en la Franja de Gaza, y “Fatahland”: la Autoridad Palestina (AP), estructurada en torno al movimiento nacionalista Al Fatah, en Cisjordania.

Desde entonces, la AP ha estrechado la cooperación de seguridad con Israel, para evitar ser aplastada por Hamás como un insecto como lo ha sido en Gaza. Además, la dirigencia de Ramallah parece haber internalizado el mensaje de que una insurgencia armada, tal como la Segunda Intifada (2000- 2005), solo favorecerá a los islamistas radicales.

Paralelamente, el público israelí parece haber concluido que cualquier retirada de territorios tal como ocurrió con el experimento de la “desconexión” de Gaza en 2005, llevará a los extremistas palestinos al poder con su terrorismo de cohetes, túneles, etc. Mientras la llamada “comunidad internacional” seguirá acusando cruelmente a Israel por el conflicto.

Más aún, la repetición del experimento de Gaza en Cisjordania, desde cuyas colinas se controla la planicie costera de Sharon, o el área metropolitana de Tel Aviv, el corazón económico del país, para dejarlo vulnerable a eventuales ataques con cohetes y misiles, sería un suicidio impensable.

No es casualidad que el Partido Laborista que de establecer las bases fundacionales del país pasó a embarrarse con la idea de la “solución de dos estados” esté en el punto de su mayor debacle y en peligro de quedar fuera de la Knéset (Parlamento), si hoy se llevarán a cabo elecciones anticipadas.

Por eso, son poco congruentes con el liderazgo cauto y la estrategia incremental que ha mostrado el primer ministro, Benjamín Netanyahu, sus planes para extender la soberanía a partes de Judea y Samaria (Cisjordania), para poner en peligro el equilibrio, aunque inestable, mencionado más arriba.

Sobre todo, cuando el ministro de Salud, Yuli Edelstein, advierte que el país está entrando en una “segunda ola de coronavirus”, el público comienza a mostrar signos de descontento, y los políticos saben que los esfuerzos económicos que deben destinarse para sortear la crisis serán colosales.

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