Si la ferocidad judeófoba se hiciera realidad y pudiese barrer al Estado de Israel de la faz de la tierra, es probable que se escriban artículos como el que sigue. Por razones de espacio, sólo llega hasta los Acuerdos de Oslo. Empezaría así: ¡Perdón, Israel!

Los Parlamentos del Reino Unido, Irlanda y España se han apresurado a reconocer un todavía inexistente Estado palestino. Pronto lo hará Francia. Parece que se trata de una forma de ejercer presión sobre Israel para, supuestamente, destrabar el juego político en esa región del mundo.

En su penúltimo libro, Portico d’Ottavia 13, la historiadora hebrea italiana Anna Foa nos contaba la terrible historia de los habitantes de ese edificio, situado en el gueto de Roma, durante la redada nazi del 16 de octubre de 1943. Ahora, dentro de una nueva colección –Ritrovare l’Italia–, presenta una guía de las juderías y de los guetos que existieron en lo que hoy es Italia.

Mucha gente recuerda a menudo que Israel es la única democracia de Oriente Medio. Y es cierto. Pero a mí siempre me ha admirado más que también sea el único país próspero de la zona. Es que no hay cómo explicarlo: ocho millones de personas, metidas en una franja de terreno más pequeña que la Comunidad Valenciana. Tipos que en su gran mayoría salieron escapando de sus países de origen con apenas un puñado de posesiones. Familias que edificaron su hogar sobre el desierto más inhóspito. Rodeados de enemigos que querían acabar con ellos y que les obligaban a un esfuerzo económico para protegerse y a una dedicación de su tiempo que desde la confortable Europa Occidental no nos podemos imaginar.