Si en Yom haShoá lloramos a los desaparecidos, sería justo que el resto del año lo dedicáramos a apreciar la suerte de haber logrado sobrevivir y llevar una rutina que, aún en la peor de las miserias imaginables, sería la envidia de quienes nunca podrán decir “nunca más”.

El teatro y el cine nos han malacostumbrado a los finales armónicos y generalmente felices, gracias a milagrosas coincidencias y soluciones abruptas ex machina, como un ángel u otro emisario divino descendiendo de los cielos para obrar maravillas.

Durante el verano español de hace 630 años se desataron en los reinos de España una ola de revueltas antijudías de una intensidad y alcance nunca vistos antes en la península, un avance de algo menos de un siglo de la que sería su expulsión definitiva.

Muchos quizás no lleguemos a verlo, puede porque aún nos sintamos esclavos de ideologías y prejuicios acumulados en nuestros “egiptos” particulares. Pero seguimos con el trabajo hercúleo de encaminarnos hacia ese futuro prometido.

Por ejemplo, en las primeras décadas de existencia, la moneda oficial, la lira israelí, aún denotaba en su nombre la rémora del Mandato Británico (cuya moneda era y sigue siendo la lira esterlina).

Ahed Tamimi es una joven palestina que ha protagonizado a lo largo de su corta vida muchos vídeos grabados por su propia madre, en los que se la ve agrediendo (con trompadas, bofetadas, patadas, escupitajos y mordiscos) a soldados israelíes.

Es muy probable que la certeza de serlo fuera lo que le decidió a emprender una empresa de la que, desde un punto de vista “evolutivo”, no iba a sacar ninguna ventaja, sólo el regodeo intelectual (y la inconsciencia de las posibles consecuencias) de sentirse superior a quienes dio la espalda.

Tras los sucesos de estos días en la frontera de Gaza con Israel resurge el argumento del combate desigual entre un Israel poderoso y unos débiles y pacíficos contrincantes. Dicho adjetivo suele ser el habitual para referirse a los judíos en muchos otros contextos.

Lo singular del caso, no obstante, es que en lugar de que los desmanes últimos aludieran a “rojos” y comunistas, las tumbas y monumentos señalaban otro objetivo: “judíos asesinos”, decían, acompañados de una estrella de David tachada.

Tampoco las guerras acabaron con el alto el fuego de 1949. Algunas fueron “convencionales”, enfrentando a ejércitos, y otras contra milicias irregulares y movimientos terroristas.

Canta el español Joaquín Sabina: “tanto la quería que tardé en aprender a olvidarla 19 días y 500 noches”. Para los judíos, fueron 19 años de ausencias a la orilla amurallada del monte que por dos veces coronó el Templo.

Es la guerra: una adicional a la de los ejércitos y las células terroristas, que en lugar de sangre sólo vierte lágrimas de desconexión, pero en los cimientos de la civilización que conocemos, allí donde realmente nos duele.

Como las “celebrities”, los judíos a veces envidiamos el anonimato y falta de reacción automática a la identidad de una gran parte de ciudadanos de este mundo.

Más allá de los datos históricos, la independencia de Israel significa algo diferente para los israelíes que para los demás, en función de su cultura y lengua, el hebreo.