Thousands of young Jewish boys wave Israeli flags as they celebrate Jerusalem Day. (Nati Shohat/Flash90) (Nati Shohat/Flash90)
Jerusalem Day

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Por Einat Wilf

Israel tiene un problema clamoroso: un timing terrible. La mayor parte de los problemas obvios de Israel, y desde luego los que sus críticos señalan, provienen de su constante incapacidad para estar en sincronía con los estados de ánimo imperantes en el mundo. Pero la paciencia tiene su recompensa: con el tiempo, cuando se ve que las dificultades a las que se ha enfrentado resultan ser globales en vez de locales, los fallos de Israel resultan ser mucho menores, si es que lo son.

Consideremos, para empezar, el pequeño pero notablemente molesto asunto de la seguridad aeroportuaria. En la década de 1990 trabajé en varios proyectos para una firma de consultoría global con intereses en Israel, y los socios mayoritarios de la empresa venían aquí a pasar dos o tres días para hacer supervisión. Llegaban invariablemente irritados. Echando humo, en realidad. “¿Qué es esta chifladura con la seguridad que tenéis en los aeropuertos? ¿Cómo se atreven a mirar en mi maleta? ¿Cómo esperáis ser alguna vez parte de la economía global si os comportáis así?”. Los que éramos israelíes bajábamos la cabeza avergonzados, disculpándonos profusamente y murmurando algo sobre la necesidad y el terrorismo.

Saltemos al 11-S. Saltemos al terrorista del zapato. Saltemos a los planes de atentados con líquidos. Habiendo acumulado, desde 2011, cientos de horas de espera en controles de seguridad de aeropuertos de todo el mundo, puedo afirmar sin temor a equivocarme que el del Ben Gurión de Tel Aviv es uno de los más sensatos. No hace falta quitarse los zapatos ni el cinturón. No hay que andar con botellas minúsculas para los líquidos. El Aeropuerto Ben Gurión tiene un sistema de seguridad perfeccionado por décadas de lucha contra el terrorismo y diseñado al mismo tiempo para permitir la existencia de una sociedad abierta.

De hecho, tomemos una perspectiva más amplia de la lucha antiterrorista: durante gran parte de su existencia, Israel no sólo se ha tenido que enfrentar al terrorismo, también a las constantes críticas a la excesiva mano dura con que lo abordaría, y a que sería demasiado propenso a la respuesta “desproporcionada”. La Ley Patriótica y las guerras en Irak y Afganistán deberían haber bastado para acabar con tales críticas, pero a mí me hizo falta una experiencia de cerca con el terrorismo en el extranjero para valorar mejor la respuesta de Israel. Hace unos meses, en Francia, estuve a sólo unos metros del mayor ataque terrorista jamás perpetrado por un único atacante: la matanza del Día de la Bastilla en Niza. Un camión de 19 toneladas embistió contra una multitud de decenas de miles de personas, matando a familias a lo largo de dos kilómetros sin encontrar obstáculos. Mientras los muertos yacían en el suelo, en todo el paseo marítimo había familias disfrutando de la fiesta porque se no se les había informado del inminente peligro.

En respuesta a la matanza, Francia amplió el estado de emergencia, envió a su Ejército y a varios cuerpos de seguridad a las calles y mezcló todo con una extraña campaña de caza de mujeres que lucieran el burkini en sus playas. Algunos funcionarios llegaron a excusar la pura incompetencia que permitió la matanza preguntándose: “¿Durante cuánto tiempo debe un país mantener alta la guardia?”. Una posible respuesta era: “El Estado de Israel lleva 68 años, y sumando”. De hecho, al ver la respuesta de Francia, lo único que quería era volver a Israel, y pronto. Quería volver a un país donde la gente sabe que si un camión enorme embiste a una multitud, no es un accidente de tráfico, y que el conductor va ser abatido al instante. También quería vivir en un país que lucha contra el terrorismo mientras permite que su minoría musulmana se vista como quiera.

Consideremos por último la cuestión del nacionalismo. Durante años, si no décadas, Israel ha sido objeto de críticas por su insistencia supuestamente retrógrada en el mantenimiento y defensa de un Estado-nación para el pueblo judío. El nacionalismo judío, también conocido como sionismo, ha sido constantemente vapuleado como idea singularmente depravada. Incluso las críticas más benignas consideraban el sionismo e Israel como el último vestigio de un mundo pretérito, en el que a las personas aún les preocupaban sus naciones y sus pueblos y estaban dispuestas a sacrificar sus propias vidas para defenderlos. Bastantes críticas transmitían la impresión de que era muy desagradable –de mala educación, de hecho– por parte de los fastidiosos judíos insistir en su derecho a la autodeterminación en un Estado-nación propio. En un mundo comprometido con una visión universalista y posnacional, Israel destacaba como un adefesio.

A lo largo de los años, alumnos de las universidades más punteras del mundo me han preguntado por qué en Israel seguimos insistiendo en esta idea desfasada del Estado-nación. Mi respuesta ha sido que, por mucho que comparta su deseo de vivir algún día en un mundo a lo John Lennon, sin religiones ni países y donde todos los pueblos vivan como uno solo, empiezo a sospechar y me pongo un poco nerviosa cuando se pide a los judíos que pasen ellos primero.

Resulta que no sólo las naciones del mundo no están adoptando la visión lennonista, sino que ocurre todo lo contrario. Se le llame nacionalismo populista, nacionalismo económico o el retorno de la sociedad cerrada, no hay dudas de que ésta es la tendencia global en auge. Desde Asia a Oriente Medio, Europa y Estados Unidos, es cada vez más evidente que, ante la globalización, la inmigración y la incertidumbre económica, la gente siente una necesidad mayor de pertenencia a algo, sea una tribu, un pueblo  o una nación. La necesidad básica de todos los pueblos se puede expresar de formas variadas, tanto benignas como malignas, pero cuando se ignora, o incluso se denigra, es más probable que se manifieste bajo formas supremacistas y racistas.

En este contexto, el nacionalismo judío de Israel resulta razonablemente equilibrado: procura a la gente un sentimiento de pertenencia específica a un pueblo y una nación, mientras aborda los problemas actuales relacionados con la inmigración, la integración y la existencia de grandes minorías que mantienen, en el mejor de los casos, actitudes ambivalentes hacia el nacionalismo judío. Décadas de manejo de estos enormes desafíos ante la mirada inquisitiva del mundo, siendo objeto de críticas mordaces y a menudo siniestras, significan, en todo caso, que Israel y el pueblo judío están en condiciones de proveer un modelo de nacionalismo relativamente benigno. No es que Israel no exhiba expresiones desagradables de nacionalismo; no son motivo de orgullo, pero ya no se pueden seguir considerando un motivo de vergüenza específica. No hay nada en la necesidad de pertenencia de los judíos que la haga intrínsecamente mejor o peor que la de otros pueblos, tribus y naciones del mundo.

En última instancia, si hay algo particularmente israelí o judío en lo relacionado con el Estado de Israel es que, cuando Israel aborda un fenómeno global, lo hace con un poco de kvetch [queja] judía y de improvisación israelí. Los que critican a Israel como si hubiese algo inherentemente equivocado en lo que hace a los judíos, el sionismo y el propio Israel olvidan el hecho de que nuestro único fallo tiene que ver con el timing, y que todo lo que nos pasa llegará antes o después a sus pantallas.

© Versión original (en inglés): The Tower
© Versión en español: Revista El Medio